¿Qué llevó a Marisol a desear que David sea un gigoló?
Sin la ayuda de Rhett la zapatería de Marisol se fue al garete y ella se vio en la obligación de buscarse la vida estando todavía embarazada. Hizo de todo un poco, trabajó en un restaurante de comida mexicana, en una cafetería, de cajera en un supermercado y quién sabe si no se buscaría la vida en otros asuntos menos decentes. Así unos cinco años hasta que la contrataron a tiempo completo -con Seguridad Social – en el distinguido disco-pub “Estrella” donde las chicas atendían prácticamente en top-less, con tan sólo una estrella dorada – símbolo del club- cubriendo los pezones y allí Marisol se hizo muy popular con sus preciosas tetas firmes y sensuales, a las que les quedaban de perlas los detalles dorados. Atendía en la barra, o por las mesas, y su sueldo se doblaba gracias a las propinas de los clientes agradecidos por poder tener cerca de las narices esas carnes salerosas. Marisol pudo ya pagar el alquiler con soltura, y el agua y la luz, y pasó así unos años tranquila con este trabajo donde se sentía segura. Pero su personalidad emprendedora pronto comenzó a darse cuenta de que las que de verdad ganaban pasta eran las bailarinas y vio el cielo abierto cuando entró a trabajar como compañera suya Judith, una jovencita recién llegada del Este con una formación musical exquisita y unas dotes extraordinarias para el baile, pero que estaba muy acobardada en España al apenas conocer nuestra lengua. Marisol la invitó a compartir apartamento y le propuso que prepararan un baile a dúo para ofrecérselo a los dueños del “Estrella” y así ascender de camareras a bailarinas. Dicho y hecho, se pusieron manos a la obra a idear un espectáculo que daría mucho que hablar en el futuro.
Se lo tomaron en serio y trabajaron concienzudamente la coreografía y la escenificación, el vestuario y el decorado, dedicándole a esta actividad artítica todo el tiempo libre del que disponían. Fueron días felices donde se gestó entre ellas una complicidad y una amistad que duraría toda la vida.
El pequeño David contaba por entonces nueve años y dejó de salir a jugar al fútbol, prefería quedarse a mirar los ensayos. En secreto, David cayó presa de un amor platónico por Judith, idealizando desde su mente infantil a ese ángel rubio de voz sonora y acento de mundos desconocidos que le trataba con tanta dulzura. Lejos estaba de sospechar él, que pasados los años sería esa mujer la que se encargaría de abrirle paso en los entresijos del placer carnal.
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Este cuento es el relato número 50 del folletín Crisol Púbico.
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