Archivo de 21 junio, 2010
La cópula de Laura y Víctor toma carrerilla.
Víctor no quiere desnudar a Laura todavía. Saberse con un himen de estreno le lleva a recapacitar y decide que ha de comportarse delicadísimamente. Se le ocurre que desvirgar a una mujer es un acto trascendental y de repente es consciente de que quizá ella guarde de por vida el recuerdo de estos momentos. Metido en semejante compromiso, pone el freno para ir dando los pasitos como dios manda, de escalón en escalón. Se esfuerza pues, por ralentizar el calentón, y la invita a tumbarse en el sofá, a lo que ella accede un poco confusa por el cambio de ritmo, pero entregada a más no poder. Una vez recostada entre los almohadones, Victor improvisa la extravagancia de cobijarla bajo una manta dejando solamente sus pies fuera. La ha descalzado y ahora masajea sus pies, calentándolos, consiguiendo que se estremezcan, un poco por las cosquillas, otro poco de gustirrinín.
- ¡ Qué pies más bonitos!, dice, y Laura se sonríe, se muerde el labio inferior, le chifla la voz de Víctor, con su acentazo gallego, un hablar que resulta muy seductor en la voz masculina, un poco carrasposa.
La idea de cubrir a Laura con la manta ha sido magnífica porque ella está
ahora muy plácida ahí debajo y se le nota más suelta, se ríe y él sigue las risas pero sin perder de vista el objetivo final de esta velada, objetivo que está cantado y la única que parece haberlo olvidado es Laura, con tanto jijí y jajá, pero ya va enmudeciendo cuando las manos de Víctor ascienden abandonando los pies, pierna arriba. Se controla Víctor, su instinto masculino le impulsa a apresurarse para alcanzar el fruto, pero él es hombre que ha aprendido a masticar despacio el manjar y sabe que de ese modo se digiere mejor.
Debajo de la manta y en la penumbra de la habitación, no se escucha ahora más que el roce de las manos viriles del mecánico en la piel de seda de la profesora y el contacto de esas palmas -un poquito ásperas- con la epidermis resulta a un tiempo relajante y estimulante, dos antónimos en una sola caricia. Como en viacrucis ha pasado de los tobillos a las pantorrillas y se va envalentonando porque ya siente el relajo en los miembros, que van perdiendo su pudor, distendidos en la generosidad de los muslos. Ya esas piernas ansían y todavía las manos de él se hacen de rogar, acariciando la sensible piel del reverso de la rodilla. La respiración de Laura se hace profunda, sus manos están calentitas, ¡mmm! ya su boca salivea regularmente y ya sus pezones ¡oh dicha! despuntan erectos. Las piernas surgen completas de debajo de la manta, cada vez más carne a la vista. Están bastante abiertas, considerablemente separadas la una de la otra. ¡Qué momento! la parte superior de una mujer escondida y la inferior expuesta a la vista del protagonista astuto que está posicionado en lugar privilegiado y que goza terriblemente con el espectáculo de unas patolas cada vez más olvidadas del pudor, rezumando feminidad. Víctor acerca su boca para que su lengua acompañe a sus dedos en el festín, besa la piel blanca del interior de los muslos y saborea, masca las apetitosas carnes. Con las palmas de sus manos, con su boca, con su lengua, sube y sube y baja baja, para volver a subir y no alcanza, -¡por favor! ¿no va a llegar nunca?- el coño escondido tras las bragas blancas que se adhieren a las curvas, marcando los perfiles de unos labios vaginales bien desarrollados, replegados el uno contra el otro. La vulva de Laura supone un imán tremendo, que solamente la paciente voluntad del mecánico contiene de acercar su boca, sus manos y su polla allí… por ahora.
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Este cuento es el relato número 46 de Crisol Púbico.
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