Archivo de junio, 2010
Penes o pirolas, pollas o vergas, falos, pililas, carajos y pichas.
Si eres mujer heterosexual y tienes la ilusión de tener un encuentro sexual con un desconocido dispones de una franca ventaja: pones un anuncio exponiendo el juego y llueven las respuestas; decenas de hombres querrán participar en el experimento como si de un concurso millonario se tratase. Curriculums sexuales atiborrarán tu buzón y al principio puede resultar estresante tener tanto trabajo de clasificación por delante. Incluso puede dar un poco de cosa tener que seleccionar a uno sólo entre tanto chico dispuesto y colaborador. Pero como es evidente que una mujer sola no puede atender tanta demanda, resulta oportuno mantener la cabeza fría, actuar de modo práctico y ponerse manos a la obra.
Hoy me apetece hacer un ejercicio de descripción de las fotos que brotaron, como flores, en mi email en aquella ocasión en que me animé a tantear el mercado.
Pues bien, para situarnos, las fotos se pueden clasificar en tres grupos:
a. los que enseñan la cara exclusivamente,
b. los que muestran el cuerpo completo
c. los que se limitan a enseñar el pene.
a. Los que optan por mostrar su cara escogen un primer plano de rostro amable. No es tan obvio saber por la cara de un hombre si es un amante generoso o si tiende a ir a su bola… pero bueno, algo ayuda.
b. El conjunto de los que enseñan su cuerpo completo. Éstos dan, si cabe más pistas, especialmente si se animan a enseñar chicha y rostro a un tiempo, lo cual no es nada común y son más dados a lucirse repartiédose en los siguientes subtipos:
b1. enseñan el cuerpo desnudo pero velan la cara,
b2. enseñan la cara, pero el cuerpo está convenientemente vestido.
(entiéndase que rabo y rostro rara vez se encuentran en la misma imagen, lo cual no deja de ser una lástima)
c. Es sorpresivo que el grueso de los aspirantes- y aquí quería llegar yo – se limiten a mostrar su pene. Este grupo conforman una buena tropa de rabos caseros que dificilmente dejan a una impasible. Penes tuttifrutti luciéndose en un brindis orgiástico: los encontré oscuros y claritos, gordinflones o esbeltos, gigantes, fibrosos, tan gordos que parece van a explotar, algunos rosados, otros negros como el carbón o de tonalidad púrpura, derechos, torcidos y retorcidos, libres o con condón puesto, rapados, con mucho pelo o con felpudo triangular, se podía ver toda la gama desde los cabezudos a los de glande de canica, vasectomizados, circuncidados, chiquirritines o mangallones, acompañados de sus pelotas, mirando al cielo -o directamente apuntando al objetivo-, altivos con pinta de pedantes unos, encorvados piadosos otros, inflamados sanguíneos o dormidos sobre el vientre, rugosos, brillantes, mojados, enjabonados, apretados, escapados del pantalón, escondidos tras el calzoncillo, colgantes, sujetos con ambas manos o con sólo un par de dedos, alguno con un mechero – se entiende que para tener un punto donde comparar-, otros con un pitillo al lado, por el mismo motivo -es de suponer-. Primeros planos o planos más discretos ¡cientos de pollas
salerosas dispuestas a ser la alegría de una dama!
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El elaborado camino hacia el placer sexual.
Carolina – la mamá de Laura- ha sucumbido a la declaración de Juan Ramón y ha balbuceado atónita su asentimiento. Él se siente inmensamente feliz.
- Disculpa que me haya declarado aquí en el hospital, pero no podía esperar … ¿quieres venir a cenar a mi casa para celebrarlo del modo que se merece?, le propone a Carolina tomándole la mano.
Ay, qué majo es Juan Ramón, qué detallista. Ha pensado en todos y cada uno de los adornos propios de una cena de prometidos y todos esos tópicos harán que a Carolina casi se le salten las lágrimas, de pura alegría y agradecimiento.
Ha limpiado la casa y la ha dejado como una patena, ha comprado rosas rojas y velas blancas y con ellas ha decorado la mesa de mantel y servilleta de hilo. Ha puesto copas de cristal tallado porque beberán champán rouge que tiene a refrescar en la segunda rejilla de la nevera. Ha cocido un buey de mar y un centollo, los mejores del mercado, y los ha descuartizado en trozos pequeños para que no sea necesario el cascanueces en la mesa. Ha puesto sábanas limpias en la cama y hasta ha tenido la osadía de comprar un aceite de masajes efecto estimulante, que ha guardado en la mesilla de noche, al lado de la caja de preservativos que ha ido a comprar a una farmacia del quinto pino porque en la de siempre le daba apuro.
Todavía falta una hora para las nueve y tiene todo a punto, le sudan las manos y se mete en la ducha. Está tan eléctrico que al frotarse tan enérgicamente con el guante de crin, se hace rasguños en las pantorrillas. Su debut como amante le inquieta, se entremezclan sus más oscuros temores con una brillante ilusión pueril. El bueno de Juan Ramón va a poder guarecer al zorrillo en la madriguera del conejo y lo hará solamente porque su corazón ha sido asaetado por las flechas de Cupido, porque desea a esa mujer como compañera de vida.
Mientras tanto, Carolina se mentaliza para enfrentarse a la sexualidad masculina después de más de veinte años de despecho. Sentada, acompañando a su madre anciana, mira inmóvil por la ventana y sin querer, se rompe la uña del dedo gordo, de tanto mordisquearla.
Con todo y a pesar del nervio, la cena de pedida sale según lo previsto. Comen con apetito charlando del modo habitual, quitándose la palabra el uno al otro. Hoy un poco más acelerados de lo habitual, quizá sea gracias al efecto burbujeante del champán, o quizá por la incógnita del devenir de la sobremesa. Cuando a los postres – fresones de Aranjuez con nata- Juan Ramón saca su alianza del bolsillo y la inserta en el dedo anular de su novia, ya comienzan a intercambiarse docenas de besos, y las manos del hombre buscan los senos de la mujer y se acurrucan el uno contra el otro, cogiendo ánimos en el calor del cariño.
Juan Ramón y Carolina son de ese tipo de amantes que subliman el sentimiento en grado superlativo. Se adoran y consuman ese matrimonio privado que adquiere idéntica validez, para ellos, que aquel de papeles firmados en el juzgado. El envite sexual se desarrolla pelín torpe, casi aturullado, con titubeos a la hora de desprenderse de la ropa, ni él ni ella son hermosos en el sentido que se le suele dar a la belleza, hay chichas aquí y allá, michelines blandos que suponen baches a superar. Hay pudores antiguos y temblores nuevos pero los van venciendo con tira
y aflojas, con animosa voluntad de entrega. Nada podría desmerecer ese encuentro cuajado de sonrisas y de buenas intenciones que los deja al finalizar felices y aliviados. Risas cómplices se escucharán durante meses en el nido de enamorados.
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Este cuento es el relato número 47 de Crisol Púbico.
La cultura del erotismo.
He apuntado Erotómana al concurso de blogs de 20 minutos, ya la había presentado en la edición anterior y me gustó la experiencia porque supone un escaparate de muchas de las bitácoras en activo.
Me ha sorprendido que han eliminado la categoría de blogs eróticos -se extiende la línea puritana en la web- , con lo cual la he plantado sin dudar en la categoría de cultura. Veremos si me la aceptan …
Podéis pasaros y dar vuestra opinión:
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Y otra invitación. En la entrada que hice para presentar “Eva, su manzana y el pecado”, en la que solicitaba vuestros orgasmos literarios a cambio del libro, siguen lloviendo éxtasis, ahora a cuenta gotas. Os invito a acudir allí y ver las últimas aportaciones, entre ellas, un audio de Ananda, en el que interpreta un fantástico texto de Julio Cortázar. Pinchad si os apetece olisquear lo que allí se cocina:
La cópula de Laura y Víctor toma carrerilla.
Víctor no quiere desnudar a Laura todavía. Saberse con un himen de estreno le lleva a recapacitar y decide que ha de comportarse delicadísimamente. Se le ocurre que desvirgar a una mujer es un acto trascendental y de repente es consciente de que quizá ella guarde de por vida el recuerdo de estos momentos. Metido en semejante compromiso, pone el freno para ir dando los pasitos como dios manda, de escalón en escalón. Se esfuerza pues, por ralentizar el calentón, y la invita a tumbarse en el sofá, a lo que ella accede un poco confusa por el cambio de ritmo, pero entregada a más no poder. Una vez recostada entre los almohadones, Victor improvisa la extravagancia de cobijarla bajo una manta dejando solamente sus pies fuera. La ha descalzado y ahora masajea sus pies, calentándolos, consiguiendo que se estremezcan, un poco por las cosquillas, otro poco de gustirrinín.
- ¡ Qué pies más bonitos!, dice, y Laura se sonríe, se muerde el labio inferior, le chifla la voz de Víctor, con su acentazo gallego, un hablar que resulta muy seductor en la voz masculina, un poco carrasposa.
La idea de cubrir a Laura con la manta ha sido magnífica porque ella está
ahora muy plácida ahí debajo y se le nota más suelta, se ríe y él sigue las risas pero sin perder de vista el objetivo final de esta velada, objetivo que está cantado y la única que parece haberlo olvidado es Laura, con tanto jijí y jajá, pero ya va enmudeciendo cuando las manos de Víctor ascienden abandonando los pies, pierna arriba. Se controla Víctor, su instinto masculino le impulsa a apresurarse para alcanzar el fruto, pero él es hombre que ha aprendido a masticar despacio el manjar y sabe que de ese modo se digiere mejor.
Debajo de la manta y en la penumbra de la habitación, no se escucha ahora más que el roce de las manos viriles del mecánico en la piel de seda de la profesora y el contacto de esas palmas -un poquito ásperas- con la epidermis resulta a un tiempo relajante y estimulante, dos antónimos en una sola caricia. Como en viacrucis ha pasado de los tobillos a las pantorrillas y se va envalentonando porque ya siente el relajo en los miembros, que van perdiendo su pudor, distendidos en la generosidad de los muslos. Ya esas piernas ansían y todavía las manos de él se hacen de rogar, acariciando la sensible piel del reverso de la rodilla. La respiración de Laura se hace profunda, sus manos están calentitas, ¡mmm! ya su boca salivea regularmente y ya sus pezones ¡oh dicha! despuntan erectos. Las piernas surgen completas de debajo de la manta, cada vez más carne a la vista. Están bastante abiertas, considerablemente separadas la una de la otra. ¡Qué momento! la parte superior de una mujer escondida y la inferior expuesta a la vista del protagonista astuto que está posicionado en lugar privilegiado y que goza terriblemente con el espectáculo de unas patolas cada vez más olvidadas del pudor, rezumando feminidad. Víctor acerca su boca para que su lengua acompañe a sus dedos en el festín, besa la piel blanca del interior de los muslos y saborea, masca las apetitosas carnes. Con las palmas de sus manos, con su boca, con su lengua, sube y sube y baja baja, para volver a subir y no alcanza, -¡por favor! ¿no va a llegar nunca?- el coño escondido tras las bragas blancas que se adhieren a las curvas, marcando los perfiles de unos labios vaginales bien desarrollados, replegados el uno contra el otro. La vulva de Laura supone un imán tremendo, que solamente la paciente voluntad del mecánico contiene de acercar su boca, sus manos y su polla allí… por ahora.
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Este cuento es el relato número 46 de Crisol Púbico.
Pinchando aquí podéis leer todos los relatos eróticos que componen esta novela dedicada al placer.
Relato erótico con voz femenina: la colocación del pene.
Aquí un nuevo relato interpretado por Lipa Benet:
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
(si prefieres leerlo pincha: colocación del pene por Susana Moo)
Y si te supo a poco: escucha otros relatos interpretados por Lipa
Rhett y la negra del conejo cachas (parte segunda)
Rhett y la negra del conejo cachas (primera parte)
En cuanto Rhett entra por la puerta, Marisol la negra venezolana, ya se le acerca zalamera y antes de que medien palabra, ya tiene una teta de ella en la boca, y ya le ha colocado el condón con una sola mano y ya se ha insertado el chisme y ¡joder!, Rhett no logra seguirle el ritmo a la zumbona. Esa chica es un portento, dispone de una musculatura tan potente allí abajo, que es como si ordeñara. La leche, incontinente, se le escapa; le sucede la primera, la segunda, la tercera vez y todas y cada una de las veces que mete su pene en la abigarrada vagina de Marisol. Rhett comienza a idealizar a esa hembra que le sorbe los sesos y el semen al unísono. Comienza a obsesionarse y a subir en un pedestal a Marisol hasta el punto de que si la Luna le hubiera pedido, la Luna le hubiera dado. Pero ella no solicita astro alguno, ella es mujer práctica y quiere que le instale una zapatería en Madrid, y él, atolondrado, lo deja todo y se va a la capital a montar negocio y a montar negra.
Conviviendo con Marisol, las cosas no resultaron nada sencillas y el desastre se precipitó, aquel permanente descontrol eyaculatorio, conllevó un deterioro en la estabilidad mental de Rhett. Y el resultado fueron unos celos corrosivos. Hubo de enfrentarse a ese demonio porque en su fuero interno sabía que el conejo musculado de Marisol no se conformaría con esas dos o tres embestidas que él atinaba a zambombar, y su desesperación le llevó a comprar un producto-milagro de dudoso origen que vendía un mafioso tailandés en un cuchitril de los arrabales ¡Cómo funcionaba el ungüento! Rhett debía ponerse un poco de ese potingue en el capullo y el efecto era inmediato, de ser la polla un ratoncito abatido pasaba ipso facto a ser Jerónimo el indio en su yegua salvaje y sus cabalgadas se hicieron obsesivo-compulsivas. A cada rato ya estaban dale que dale, una y otra vez, zaca, zaca, zaca, y repetimos, y espera que me pongo un poco más de ungüento, y toma puta, y dame cabrón, y zaca, zaca, zaca y me voy, y me vengo, y ahora me corro, una lujuria descontrolada y absolutamente desbocada, hasta que uno de esos tiros resultó fatal para Rhett. Después de tres meses de frenético joder, el tío la espichó orgasmando como un campeón, con el falo bien clavado en el agujero forzudo de la negra y cuando llegó la ambulancia ya había estirado la pata, y la polla.
Este cuento es el relato número 45 de Crisol Púbico.
Aquí podéis leer todos los relatos eróticos que componen esta novela erótico-costumbrista.
Juguetes eróticos, jugando a lo erótico
Como véis en el margen derecho de esta página, he puesto un enlace a la tienda de juguetes eróticos Intimissimo Aranda. Muchos quizá ya la conocéis gracias a la comentarista Carla, que ha sido la que me ha puesto en contacto con la tienda, ¡gracias Carla!
El anuncio estará de prueba un mes y después volveremos a plantearnos la continuidad, a ver si estoy cómoda con publicidad aquí, y si a ellos les resulta rentable.
Los juguetes eróticos son una herramienta que pueden animar el cotarro, sazonando con juerga nuestra sexualidad, la individual o la compartida. Pero no es el objeto el que nos transportará a mundos lujuriosos, sino nuestro cerebro.
No escatiméis en disfrute, pero tampoco seáis manirrotos, escoged bien y pensaos con calma cual puede dar juego rico, o risa divertida. Y, desde luego, cuando os apetezca alguno, ¡pasaos por aquí para comprarlo!
Ninfomanía olímpica
Escucha este relato interpretado por Ananda:
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o léelo:
Una mujer bonita, sexualmente libre como el viento, corre grandes peligros aunque su residencia sea el mismísimo Olimpo. Ese fue el caso de Eos, la diosa de la aurora, una preciosidad como lo son los amaneceres, toda luminosa, con su túnica azafranada bordada en flores.
Tan hermosa como apasionada, muchos fueron los que la acompañaron en su lecho y a todos se entregaba sin complejos ni culpa hasta el día en el que acogió a Ares. Ares era el amante favorito de Afrodita, a la que le gustaba espiar a su bello amante barbilampiño desde un espejo mágico que colgaba del techo de su alcoba. Su enfado fue mayúsculo cuando vio agitar las voluminosas nalgas de Ares encima de Eos -ella se ofrecía desde atrás para complacer las preferencias innombrables de este bélico dios-. Afrodita, cruel e injusta, actuó como lo hacen algunas mujeres cuando les roban al amante. Cargó contra Eos:
- A partir de ahora desearás sin medida a los hombres y nunca hallarás consuelo suficiente, sentenció la celosa diosa del amor y del sexo.
Eos se convirtió en una ninfómana. Además de estar casada con Astreo, se enamoraba locamente de titanes, dioses e incluso de los mortales más hermosos. No se podía controlar y si ellos no aceptaban sus insinuaciones, no dudaba en raptarlos a la fuerza para poseerlos con el fin de calmar sus apasionadas efervescencias.
Así lo hizo con el cazador Orión, al cual Ártemis mató con una lanza porque los dioses no veían con buenos ojos la relación entre las divinidades y los humanos. También raptó a Clito, y así hizo con Céfalo al que se llevó a vivir al Olimpo dos meses después de su boda y el pobre lo llevó tan mal que lloraba día y noche añorando a su esposa. Eos, despechada, lo devolvió a su casa con la maldición de que siempre desconfiaría de su mujer.
De Titono se apasionó de tal modo que pidió a Zeus -con el que por cierto también tuvo lío- que le concediese la inmortalidad, a lo cual el dios supremo accedió, pero olvidó solicitar que no envejeciese. De modo que, aunque fueron muy felices los primeros tiempos, él se fue haciendo más y más anciano y ella hubo de abandonar el lecho conyugal, pero siempre le cuidó y alimentó incluso cuando él de tan consumido se convirtió en una cigarra; la cigarra que canta al amanecer para la diosa Eos, eterna muchacha juguetona que, como diosa de la aurora, nos despierta por las mañanas con alegría y favorece la renovación de la vida. Es una divinidad tan complaciente y generosa con los goces sensuales que los varones sanos se despiertan cada amanecer con una monumental erección provocada sin duda por esta diosa traviesa a la que tanto gustan los miembros viriles en tensión.
El complejo devenir de un polvo.
Rhett fue relativamente buen padre el tiempo que vivió con su legítima esposa Carolina y su legítima hija Laura. Ejercía su paternidad siguiendo el modelo “poli bueno” y lo que más le gustaba era llevar a su pequeña al bar y presumir de hija bonita con sus idénticos ojos negros brillantes. Para Laura él era un héroe gigante todopoderoso que un buen día desapareció. El abandono, en ese momento de la infancia de Laura en el que la idealización paterna estaba en su cénit, fue devastador. Nadie, ni la misma Laura, sabe la tremenda herida que le causó su padre cuando perdió el norte por la negra venezolana de tetas invulnerables a la gravedad.
Los primeros años, madre e hija lloraban y fantaseaban con el regreso del marido y padre ausente, pero año tras año se fueron resignando. Y ya la cosa se estancó cuando la abuela de Laura se trasladó a vivir con ellas. Ocuparse de los cuidados de la anciana fue la disculpa perfecta para que Carolina se enclaustrase y tratase de encerrar a su hija con ella y sus terrores. Laura se fue así haciendo la mujer que conocemos, cargada de inseguridades y temores, y tanto su sexualidad como la de su madre se limitaron todos esos años a taciturnas masturbaciones silenciosas, cada una en su cuarto, y con bastante vergüenza.
Pero sucedió que la abuela de Laura se incapacitó completamente y a Carolina no le quedó más remedio que ingresarla en una clínica, donde iba todas las tardes a acompañarla. Y lo que son las cosas, allí, en una residencia con olor a enfermedad, vejez y muerte renació la ilusión. En la cama de al lado de la abuela, la enferma era una mujer de mediana edad que había sufrido un accidente de tráfico y llevaba diez años en coma; la pobre señora estaba ida pero el marido, Juan Ramón, era un hombre cumplidor y no dejaba pasar un día sin ir a visitar a su esposa. Carolina y Juan Ramón entablaron una amistad cordial alimentada por la solidaridad de los que sufren circunstancias similares.
Como ni la abuela ni la esposa se enteraban ya de nada, ellos escogían libremente los programas de televisión que les gustaban – ¡ qué gracia! coincidían siempre en sus preferencias- hasta que un día a Juan Ramón se le ocurrió que podían matar el tiempo jugando al parchís, apagaron la tele y se disputaron unos magníficos campeonatos llenos de tensión y risas. Así pasaron un invierno, una primavera, un verano y el siguiente invierno. A Carolina esta nueva amistad la vivificó, se le volvieron a sonrojar las mejillas, ahora vestía de verde a veces, de azul cielo otras, e iba a la peluquería más que nunca.
Estos cambios de Carolina le pasaban desapercibidos a Laura, pero sin embargo aquella tristeza opresiva que se llevaba respirando en su casa se fue liberando y ahora ya podían charlar madre e hija de alguna otra cosa que no fueran desgracias.
En éstas andaban cuando Laura conoció a Víctor, y en éstas seguían cuando se enamoró de él. Pero la situación que hizo que se tambalease todo el entramado fue la muerte -repentina, aunque largamente esperada- de la mujer de Juan Ramón … ¡cuánto lloró la madre de Laura por esa buena mujer!, claro que Carolina no sospechaba que Juan Ramón, dos semanas exactas después de fallecer su esposa, se presentase en la residencia -impecablemente vestido con traje de chaqueta-, se plantase frente a Carolina -que estaba lánguidamente sentada en la silla de siempre – hincase la rodilla en el suelo y le pidiese en matrimonio.
Este cuento es el relato número 44 de Crisol Púbico.
Aquí podéis leer todos los relatos eróticos que componen esta novela erótico-costumbrista.
Y Dios creó a la mujer
Dios la creó y el director, Roger Vadin, se recrea de lo lindo en ella. La Bardot, ya de por sí un bombón, está que se sale con toda esa exposición erótica a la que es sometida, un verdadero empacho de voluptuosidades destacando uno a uno todos sus atributos. A saber, sus pies
-se calza, se descalza, camina sin zapatos, pisa la cara de un hombre con ellos manchados de arena -, las piernas -lleva faldas que se suben, que se abren, que se desabrochan-, el trasero -monta en bici con el culito respingón, lo menea danzando, se mueve de aquí allá con él empinadol- , los pechos -con escotes, con botones traviesos y el típico estriptís botón a botón en que no se le ve nada pero se le intuye todo-. Se la ve bailando con otra chica, se la ve tirada en la orilla del mar con el vestido empapado, …
En fin, que si eres hombre te puede suceder como les pasó a una generación y pico de franceses que resultaron incapacitados para masturbarse pensando en otra que no fuera ella, que no fuera Briggitte Bardot -a la que yo encuentro pelín sobre actuada- y si eres mujer mejor tragar saliva, obviar la envidia que produce tanta perfección ajena y tratar de identificarte con la prota para ser durante ese rato una bomba sexual sin precedentes.
(si seguís leyendo habéis de saber que voy a contar el desenlace de “Y Dios creó a la mujer”)
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