Archivo de marzo, 2010
Susana Moo ¿existe?
Ser Susana Moo tiene implicación cero en mi entorno amistoso, familiar o profesional. Aquí soy la que conoceis, esta especie de Scheherezade vocacional – a veces pareciera que el Sultán me decapitará si no voy a cuento por día-, escritora erótica de amplia presencia en la Red, con seguidores a porrillo e incluso algún fan, pero en mi pueblo nada de eso, ahí fuera no me re-conoce ni mi madre.
Llevo el asunto discretísimamente y jamás hablo de Erotómana, incluso sello mi boca con siete candados cuando en las tertulias de café surge el tema sexual (no se me vaya a ver el plumero), pero como comprendereis, albergo la ilusión de que alguna gente que aprecio conozca mi trabajo. Para conseguirlo, como quien no quiere la cosa, últimamente saco el tema del “interesante fenómeno blog en Internet” y entonces meto mi cuña bien metidita nombrando ciertos sitios – no eróticos, of course- que me enlazan. Dependiendo de los intereses de mis interlocutores diserto sobre unos u otros, por ejemplo, si son hombres suelo hablarles del blog de Kurioso “¡reportajes interesantísimos! periodismo amateur con muchísima profesionalidad“. Si son mujeres comento sobre el de Zeltia, el de Pitima o el de Wendy: “unas chicas que hablan de sus inquietudes o sentimientos, desde sus diferentes momentos vitales”. Si son galleguistas invariablemente les aconsejo el de Chousa: “un tipo de Antas del Ulla, con una retranca que no veas”. Si la cosa va de literatura, dejo caer Masquepalabras, y si va de psicología nombro el espacio de Luis Muíño. Ya si voy lanzada, me explayo sobre las bonanzas del Xornal Certo “ un periódico pequeño con un montón de noticias culturales y entrevistas interesantes, que ya le gustaría a La Voz“. Recomendar Certo es posible que sea pasarme un poco porque mi colaboración allí es exhaustiva (hoy, por ejemplo, sale Informático traducción al castellano del cuento homónimo en galego, uno de los primeros de mi colección).
Reconozco que es un método un tanto sinuoso para enfilarles hacia aquí, pero ¡me gustaría tanto que alguien del “real world” me hablara de Erotómana! ¿Qué opinarían? El caso es que por ahora nada de nada, no hay constancia de Susana Moo ahí fuera.
Claro que a veces las dos vidas se interrelacionan y estos días me ha sucedido un caso que me ha mosqueado ¿es posible que lleve yo la erotomanía pintada en la cara?, es una anécdotilla que os iré narrando en los días venideros y que me dará pié a profundizar en esa curiosa filia que es la flagelomanía, de la que soy inquieta expectadora morbosa.
Como el asunto de marras tiene miga y me ha quedado algo extenso lo he dividido en tres episodios (más un epílogo) que iré colgando los próximos días.
Guión:
1. Donde menos se espera, salta la liebre.
Os animo, una vez más, a participar de esta nueva aventura donde nos
adentraremos en el atractivo que suponen unas hermosas nalgas mullidas, y lo apetecibles que resultan esos mofletes del culo para ser cacheteados y puestos bien coloradotes.
¡Venga, venga! ¡subiros al tren, que voy de corrida!
Alice, mujer de cristal.
Víctor ha limpiado meticulosamente las uñas de sus manos con un mondadientes, Laura ha alisado la larga melena de su cuero cabelludo y ha retocado con primor el vello rizado de su monte de Venus.
Alice, la enfermera de las bragas chiquitas, les recibe:
- Lo siento, sólo puede pasar uno a ver al señor Gonzalo, advierte.
- ¿No podemos entrar juntos?, protesta Víctor.
- ¡Uy, no! las reglas son estrictísimas- responde Alice con dicción melosa y sonrisa radiante –, que pase la chica primero.
- Vale voy, se apresura a responder Laura, acostumbrada a no cuestionarse las reglas.
En cuanto Alice se queda a solas con Víctor, comienza su ritual de seducción. La enfermera es una de esas mujeres para las que su identidad ha de pasar por la aprobación genital masculina. Es una de esas muchachas, o damas, siervas del beneplácito del hombre, mujeres incapaces de desear salvo actuando como espejos. Frágiles maniquís de cristal, vulnerables al paso del tiempo y los estragos que él hace con la belleza superficial, muñecas preciosas que aman por ser amadas, que gustan por ser gustadas y se rompen en mil pedacitos el día que ellos, los hombres, les niegan la mirada. De ahí el esfuerzo inconsciente, infinito, de Alice por ser linda y caliente, simpática y deliciosa, permanentemente adobada por si él, uno de ellos, cualquiera de ellos, quiere tomar el aperitivo. Siempre está a punto de caramelo y ahora exhibe todo un repertorio de gestos -innatos o adquiridos- para llamar la atención de Víctor.
Si un antropólogo pudiese verla, tomaría nota de cuanto movimiento y rito efectúa la hembra humana para dirigir al macho hacia la monta: caminares de punta tacón, contoneo sensual de cadera, mohín mimoso combinado con sonrisa cariñosa, inclinación de cintura, elevación de glúteos, lucimiento de volumen pectoral, giro de ojos, elevación de cejas, pestañeo de abanico. Prueba todas y cada una de esas carantoñas, mas ninguna provoca -aparentemente- el mínimo efecto en Víctor, que la mira contenido.
Hace unos días hubiese tenido mucha más suerte con su exhibición, pero hoy no. Hoy Víctor tiene enfocada su atención en un objetivo concreto y no se dispersa. No sigue el juego de la enfermera a pesar de que no le resulta fácil, su naturaleza está diseñada para esparcir su esperma y con él sus genes, y es complicado luchar contra esa ley biológica. Sin embargo el mecánico se mantiene firme y se siente aliviado cuando por fin llega Laura y le mira sin hacer filigranas. No, ella no hace cabriolas espectaculares con sus párpados pero, si se sabe leer en su mirada, esas pupilas gritan sin hablar, es la mirada ansiosa de una mujer que enviaría su alma a los infiernos a cambio de un abrazo de amor.
…………………………………
Este es el cuento 32 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
Orgasmos de procedencia.
Todos, absolutamente todos, procedemos de una unión genital con orgasmo. Generación tras generación los hombres eyaculan con placer para procrear. Gozó el antepasado relamido cuyo retrato guardamos en el cajón y también el otro que era un borrachín y murió pisoteado por un caballo, todos ellos crearon historia descorchando con burbujas.
Es, sin embargo, una lástima no poder asegurar que devenimos del
éxtasis palpitante de todos los participantes.
De ellas, de las tatarabuelas, no podemos saber.
Espero que sí.
Yo creo que sí.
.
.
El carnicero, play-girl.
La esposa del viejo ni se inmuta cuando se entera del pataflús que le ha dado a su marido; es cierto que durante muchos años ha fantaseado con la idea de quedarse viuda y rehacer su vida con su cuñado, el carnicero, el amor de sus amores, pero ahora ya está muy desengañada. Esta señora que ha sido tan japuta con su legítimo ha sufrido en sus carnes todo el rigor del refrán aquel que dicta “allí donde las das: ¡tómalas!”.
¡Cuánto no habrá padecido de celos esta venerable mujer! Porque el carnicero tripón, desde que quedó viudo ha sido un picha alegre de amplio fuelle gracias, sobre todo, a la calidad de sus carnes. Su establecimiento fue un enjambre de fulanas decentes libertinas, amas de casa que no se limitaban a reírle las gracias al tendero, si no que le bailaban el chorizo con una alegría que pa qué.
No digo que todas las clientas pasaran por la piedra, pero os aseguro que no eran ni una ni dos las mosquitas muertas que se hacían con las mejores piezas a base de darle a la lengua. ¡Vivir para ver! Se daban allí situaciones extraordinarias, tales como las típicas discusiones de quién es la última, pero aquello era el mundo al revés.
- Pase usted delante.
- No, no, usted llegó primero.
- Oh, no, yo llegué después.
Todo por quedarse al festín, sabedoras de que al final queda la guinda, la última chupa premio ¡menuda lotería! ¡el gordo de navidad in persona!
- Venga señora, pase a la trastienda, que le enseño el cordero fresco.
Y ahí van, como cabritillas mansas meneando la cola detrás del castrón, que, después de unas breves carantoñas protocolarias, ni corto ni perezoso, desabrocha la bata blanca -machada de sangre por la pechera-, saca el filetón -morado como morcilla toledana- y lo ofrece sin remilgos. Y aquello que parece inaudito sucede: sin remilgo se lo toman a manos llenas, que ¿quien lo diría? … ¡unas señoras tan hacendosas!
Claro que de entre todas las pelanduscas, guapas pocas, adefesios la mayoría,
pero él no hace ascos a ninguna, al fin y al cabo la tremenda panza es una gran ventaja, esa inmensa protuberancia abdominal le ahorra verles la cara a las señoras ya atareadas en faena, que las pobres han de hacer la felación con la cabeza torcida -si la ponen derecha, la frente choca con el barrigón y no abarcan el cacho al completo-.
¡Esto es la leche! hay que ver de lo que son capaces algunas para conseguir rebaja en las chuletas. Y la mujer del viejo, pues trepando con las garras por las paredes, jodiendo a su marido, qué va a hacer.
.
Este es el cuento 31 del conjunto de relatos hilados de Crisol Púbico.
No he podido -ni querido- reprimirme de colgar el autorretrato, pero si os apetece, podeis enviarme algún enlace, imágen o música que enriquezca esta historia. Ya sabeis, a erotomanita(arroba)gmail.com
Y si quereis ver las imágenes que me enviasteis anteriormente para ilustrar otros relatos en los que aparece el carnicero y/o su amante estable (la mujer del viejo), pinchad en los siguientes enlaces:
La historia de ¿amor? del Sr. Gonzalo y su esposa
La infidelidad de la mujer del viejo con el carnicero
El carnicero seducido por su cuñada
Me enviaron imágenes:
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