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SusanaMoo

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22

La mujer del viejo

Publicado por SusanaMoo
2 noviembre, 2009

Lo que menos se puede imaginar el viejo es que su mujer le ha sido infiel. No se lo puede imaginar porque la considera inepta sexualmente, como si en su útero hubiese algo estropeado.
Y sin embargo ella ha cometido infidelidad reiteradamente y no pudo ser con otro más que con su cuñado, el carnicero. El viejo intuitivamente no soporta al cuñado seboso –ha engordado muchísimo de unos años para acá- pero no se puede imaginar las causas de su antipatía.
Cuando su mujer ya estaba entrada en los cuarenta, su hermana falleció repentinamente y la mujer del viejo se empeñó en que el carnicero y su hija se fueran a vivir a la casa de al lado y así se hizo. El carnicero aceptó, encantado ante la idea de tener una mujer que le ayudara con la hija, ya adolescente, y con las tareas del hogar.
El carnicero se trasladó y la mujer del viejo parecía contenta a pesar del trabajo extra que le venía encima. El viejo pensaba que esa alegría era debida a que ahora comían carne gratis y ello suponía un importante ahorro familiar, pero no: la alegría de la mujer del viejo venía por otros intríngulis. Cualquier disculpa era buena para ir a casa del cuñado en las horas en que la niña no estaba, hasta que de tanto ir y venir pasó lo que tenía que pasar.
Si el viejo hubiese visto a su esposa jodiendo con el carnicero hubiera montado en cólera y con toda razón; no es que le pudiera ofender que le pusieran los cuernos, es que su mujer nunca había actuado así con él. Su mujer jamás le había ofrecido los pechos a manos llenas, nunca le había abierto la vulva desvergonzada, y jamás le había realizado una mamada como le hacía al otro sin siquiera habérselo éste pedido.

La autostima del viejo, incapaz todos esos años de satisfacer a su esposa, hubiese caido en picado y se hubiese transformado en ira. Él, al que tanto le hubiese gustado hacer esas cosas que hacían los infieles, él que jamás había sospechado en el cuerpo de ella semejantes lubricidades, hubiera echado sapos y serpientes por la boca de saber lo que los amantes hacían, ¡ay lo que ellos hacían! Pero el viejo jamás sospechó porque la consideraba frígida. Nunca la había visto desnuda, jamás ella se dejó observar de cuerpo entero, no se besaban con lengua, ni mucho menos practicaban sexo oral. Las veces que fornicaban, era insípido, casi triste, polvos fecundadores sin gracia ni salsa. La mujer del viejo fue una veinteañera amargada, una treintañera frígida, una cuarentona seca y una cincuentona rebotada, pero sólo con él.

Por eso él está feliz en la cafetería donde la camarera Carmen es tan amable, divirtiéndose como puede, observando a la pobre Laura.

………………………………………..

Este cuento es el número 15 de la colección de relatos hilados Crisol púbico

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