Archivo de noviembre, 2009
pareja de lesbianas
Si cualquiera de nosotros entrásemos en la cafetería Crisol cualquier dia por la mañana, no notaríamos nada extraño y sin embargo son muchas las pasiones que allí se cocinan. En la barra, el viejo se deleita apurando sus últimas gotas de licor sexual con la observación lúbrica de la profesora Laura, una Laura que, sentada en la mesa del fondo, se consume en hoguera de altas llamaradas. Arden flechas en su vientre en una fiebre sin remedio, ay, sin remedio, por un Víctor guapo que danza su mirada entre las nalgas de la profesora y el trasero de la camarera, con la seguridad de que, si quiere, se beneficia a las primeras o al segundo. Samuel, alias Kinki, con su novio Ismael en la mesa de la ventana, mira de reojo a las chicas que pasan a pesar de que se supone que es gay, e Ismael lo vigila y sufre en silencio. El ex de Carmen, al lado del viejo en la barra, con sus nostalgias crónicas, se plantea muy seriamente seducir a la que fue su esposa y ella, Carmen, que no puede evitar quererles a todos y desear a la mayoría.
Si entrásemos allí a tomar un cafecito, es posible que no nos percatásemos de la situación interpersonal, a pesar de que es altamente inflamable. Una cerilla podría armar la de Cristo es Dios y esa cerilla viene en forma de dos tortilleras.
La mismísima prima de Laura, lesbiana bonita, se planta en la cafetería con su novia de la mano. Es la primera vez que Laura recibe visita y causa una revolución en el café. La prima es ahora una mujer muy moderna de brazos torneados y piercing en el labio inferior, que vive en Madrid y está encantada en la capital, que le ofrece tantas posibilidades. Se ha hecho escultora, una de las artistas promesa de la farándula bohemia. Se siente segura de sí y visita a Laura para restregarle su éxito. En el fondo todavía le guarda rencor a su prima porque no se abandonó entre sus brazos y le fastidia especialmente que sea tan mojigata. Para ostentar de su condición liberal, la boyera achucha a su amiguita, una mujer no en tan buena forma física como ella pero muy sexi, una chica delgada de carnes lechosas, carnes de pura mantequilla líquida. Son muy diferentes la prima y su novia, la una con su cuerpo machacado en el gimnasio, sus tetas duras y pequeñas que casi se escapan por los laterales de la escueta camiseta de boxeador. La otra, la blandita, tiene el aspecto de no haber hecho una flexión en su vida, lo sugieren sus hombros caídos, su andar parsimonioso, su gracia y juventud descuidadamente vestidas. La una resulta atractiva por su aspecto de espabilado golfillo hembra, la otra, mujer de suave epidermis blandiblú, rebosa de la sensualidad morbosa característica de las mujeres abandonadas a la pereza. Su cara es hermosa pero su gesto resulta extraño, casi parece lela por culpa de su lengua, una lengua que sobresale un poquito de su boca apoyándose indolente en el labio inferior, es una boca muy llamativa, con voluminosos labios pintados de rojo brillante.
Para provocar escándalo y llamar la atención, una vez sentadas las tres en la habitual mesa de Laura, la prima no escatima elocuencia en exponer su sexualidad activa mientras charla con toda naturalidad. Pone ojos de deseo a su chica, le sonríe indecentemente y la magrea sin venir a cuento, se restriega a gusto consiguiendo que Laura se sienta incomodísima.
A Carmen sin embargo, le divierte el show al igual que a Víctor, y se lanzan entre ellos miraditas cómplices que ponen muy en temperatura a la camarera. El viejo goza infinito del espectáculo, tanto es así, que se pide su segundo sol-sombra para celebrar el encuentro de las primas. El “ex” se mantiene perplejo mirando en dirección a la mesa de las tres chicas con expresión incrédula en el rostro, la boca abierta en admiración o pasmo. La lesbiana escultora está embalada y la amiga se deja hacer sumisa, es evidente cual de ellas lleva los pantalones en casa, es evidente cual de ellas calza el arnés. Cuanto más violenta se encuentra Laura, más atrevida va la prima y llega incluso a rozar los pezones a su novia que sobresalen venciendo la contención del sujetador, y todo lo hace sin dejar de parlotear, contándo sus éxitos y triunfos cosmopolitas, haciéndole ver a Laura que no es más que una provinciana anticuada. Su novia, con los ojos y los labios brillantes, ni se inmuta aparentemente, ni siquiera cuando la prima le mete el churro en la boca desde la suya propia y a la pobre Laura se le atraganta definitivamente el cruasán. Está deseando irse de allí ¡Con lo que le gusta a ella pasar desapercibida! ¡Con lo que le molesta llamar la atención! Odia a su prima, a la novia y a Víctor por estar presente en ese mal rato que está pasando, se odia a sí misma por aguantar con sonrisa forzada la soberbia de su prima.
Pero el verdadero drama de esta historia no es el de Laura, al fin y al cabo ya va siendo hora de que espabile y un revulsivo le viene de perlas, el dramón se mastica en la mesa de los macizos remeros Ismael y Samuel, porque el forzudo Samuel, alias Kinki, está impactado con lo que mira, con mucho pestañeo y giro de ojos observa a las sáficas y no puede evitar demorar su mirada en las formas, en los movimientos de las chicas, el espectáculo le proporciona tremenda erección que nadie nota, a excepción de Ismael, que la intuye y se deprime.
Cuando por fin las ninfas se levantan para irse, se produce una situación insospechada, una situación sorprendente que nadie espera. Ya en la barra, la novia de la prima abre por fin el pico y lo hace para dirigirse al viejo:
- ¡Tío! …,
- ¡Coño! ¡Pero si es mi sobrina!, exclama el viejo.
Efectivamente, la novia de la prima es la sobrina del viejo, hija del carnicero. Pero lo que ya es la repera es que en ese mismo instante también el ex de Carmen reacciona y exclama:
- ¡Flautista!
En efecto, la novia de la prima, sobrina del viejo, hija del carnicero, no es otra más que la flautista, aquella que dejó al ex de Carmen conmocionado debido a lo bien que la mamaba.
¡Qué pequeño es el mundo!
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Este cuento es el número 20 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Contos colorados. Narracións eróticas de tradición oral.
Considero que el gallego es un idioma especialmente modulado para el erotismo. La sensualidad aflora constantemente en el habla, la tradición oral es riquísima en expresiones picantes y en metáforas sexuales, además de estar onmipresente de forma implícita o explícita en el extenso repertorio de canciones populares gallegas. Como guinda, el gallego utiliza permanentemente la retranca para expresarse, humor irónico que dice sin decir, es un modo de expresar las ideas que me parece que casa como anillo al dedo para abordar la temática sexual.
Pese al gran potencial que tiene el gallego como lengua para comunicar la sensualidad, hay poquísimo editado. El libro Contos colorados, editado por
Xerais es la excepción. Es un libro muy cuidado con ilustraciones de Lázaro Enríquez. Las historias – que algunas son breves como chistes- fueron recopiladas por Xoán Cuba, Antonio Reigosa e Xosé Miranda. Su lectura, amena, me resulta algo vetusta, con un humor simplón, muy centrado en parodiar al clero como forma de erotismo subversivo. Son cuentos que me interesaron más como documento histórico que por su capacidad de encender mi cuerpo o mi mente. Como ejemplo, copio uno de los más cortitos:
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Dous tetos
A muller chamábase Maruxa, e él Pepiño e estaban na cama, xogando. Entón díxolle o home:
- ¡Ai, Maruxiña, se tiveses catro tetas dábaslle de mamar ó becerro!
E contestoulle ela:
- ¡Ai, Pepiño, e se ti tiveses dous tetos non me facía falta o do criado!
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Me encanta escribir erotismo en gallego, aunque en castellano me siento más suelta debido a que mi educación académica -y la mayor parte de mis lecturas- han sido en castellano. Pese a ello, el único libro que tengo editado: Fantasías Eróticas para Paspallás lo abordé en gallego. Ahora me estoy planteando autoeditar los cuentos que escribí para el periódico Certo sobre distintas situaciones sexuales que viven personajes dependiendo de su profesión. Son historias de las que me siento bastante orgullosa. Antes de lanzarme a la autoedición me gustaría hacer un llamamiento a las editoriales gallegas a ver si alguna se anima. Como es bastante improbable, estoy traduciendo los textos al castellano, de modo que hago también un llamamiento a otras editoriales de cualquier otro lugar ¡a ver si alguna se anima! Mirad:
Traducciones de algunos de los cuentos eróticos
El vello de los protagonistas de Crisol Púbico
Llegados a este punto de Crisol Púbico, os he presentado a los personajes principales de este novelón pornográfico y me dispongo a entrar de lleno en el meollo del argumento. Hoy hago un repaso para situar a los personajes y lo hago mediante la visualización de sus pubis. Bajaré las bragas a las chicas, liberaré de los calzoncillos a los señores y os mostraré esa zona que rodea sus genitales, los aledaños del sexo, que en la mujer lleva el hermoso nombre “monte de Venus”. Es un lugar ignoto, misterioso, del que poco sabemos del de nuestros parientes, que desconocemos de nuestros amigos y por supuesto de los vecinos o compañeros de trabajo. Es un sospechoso escondrijo que sigue considerándose transgresor mostrar libremente. Es una parte de nuestro cuerpo que pasa la mayor parte del tiempo escondida, un recoveco que protegemos del mundo exterior dada su vital imporancia, una zona altamente censurada en nuestro subconsciente colectivo que destapamos, casi exclusivamente, ante el amante como acto de entrega.
Desnudo pues, para todos ustedes, en absoluta primicia y con sumo placer, los genitales de mis protagonistas y lo hago porque me gusta hacerlo.
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¿Las mujeres fingimos?
Corría el año 1981, época de feminismos exacerbados en que las mujeres se replanteaban su educación sentimental. Lola Herrera, animada por la directora de cine Josefina Molina, exhibe ante las cámaras un profundo examen de su vida y de su sexualidad. Allí está también Daniel Dicenta, su exmarido. Hablan y discuten mientras repasan su vida en común. En la charla hay espacio para los recuerdos dulces y también para los más amargos. El clímax se produce cuando Lola confiesa, entre lágrimas, que ha fingido todos y cada uno de los orgasmos en todas y cada una de sus relaciones sexuales.
El resultado es la peli “Función de noche”, un impresionante documento de cine-verité. Menuda manera de salir del armario la de Lola. La cara de desconcierto de Daniel es un poema, flipa, él, ¡que siempre había tenido a Lola como una fiera en la cama!.Verlo ahí, al pobre hombre, dañado en su virilidad -después fue, además, vilipendiado como “cabeza de turco” del pésimo esposo amante franquista-, me resultó doloroso.
Para nosotras puede ser cómodo fingir. Si finges y te comportas en la cama como una gata multiorgásmica – como las de las pelis- seguramente él quedará encantado contigo, le parecerás una mujer maravillosa y mimarás su ego haciéndole muy feliz. Si estás enamorada, te encanta hacerle feliz, si no lo estás, guardará un precioso recuerdo de ti y hablará maravillas. A los hombres les encanta vernos orgasmar y a nosotras, por lo general, nos encanta encantarles. De vez en cuando representar un buen show de orgasmos es divertido, pero si se convierte en el pan de cada día entiendo que debe ser aburridísimo y un foco de insatisfacción al fin para ambas partes. Es muy tentador pero no es rentable, hay que tener visión de futuro. Una vez que se ha fingido con un hombre, se entra en una rueda de torpezas de la que es complicado salir porque él esperará siempre esa misma respuesta superlativa haciendo lo mismo al mismo ritmo y a ver cómo se mantiene semejante juego de rol.
Lola vivía, según deja ver, en una contradicción y llevaba un gran dolor, por ello confesó así, a lo bruto. La justificación que encuentro a ese comportamiento en la película es que quizá haya ayudado a otras mujeres a no sentirse bichos raros si se han dedicado a interpretar su placer.
Los dos remeros
Hay un tipo de macho galaico, bastante desconocido fuera de nuestras fronteras, que resulta absolutamente espectacular a la vista y no menos al tacto; me refiero los piragüistas, o a los traineros. Son deportistas que, trabajando su cuerpo a golpe de remo, convierten sus figuras en esculturas de pecho, espalda y brazos graníticos, sin llegar a la grosería de los culturistas. No sólo están musculados de cintura para arriba, también sus piernas ostentan muslos garridos. Son tipos por lo general serios y voluntariosos porque es un ejercicio que requiere concentración y perseverancia.
Carmen tiene la gran suerte de tener a dos monumentos de éstos todos los dias a la hora del desayuno en su cafetería. La pareja de forzudos, ambos rapados y vestidos con ropas de algodón, toman cada mañana zumo de naranja natural, leche con colacao, pan untado con aceite de oliva y miel en mesa, cada uno con su periódico. Uno se llama Samuel y el otro Ismael. Aunque a grosso modo se parecen, Samuel es más moreno, más alto, más cachas y de belleza menos fina. Ismael, por contra, es un encanto de facciones proporcionadas y personalidad afable. Se lleva de maravillas con la camarera.
Samuel, al que de chaval llamaban Kinki (no porque fuera un golfo, si no como diminutivo de king-kon) es, a todas luces, menos inteligente que Ismael pero muchísimo más fuerte, sólo con sus remazos hace como cinco forzudos, siendo un espectáculo verle remar, concentrando toda su energía en el horizonte marítimo, con su traje de neopreno, los músculos voluptuosamente tensos. Samuel, alias Kinki, era una bestia a los dieciseis años, de esos que se masturban nueve veces al día sin que sus erecciones pierdan importancia, un chaval sin aspiraciones que vivía de botellón en botellón buscando dónde meter. Hasta que Ismael se cruzó en su camino y con él la vida de remero. Ahí se centró. Ahora su ímpetu vital está muy bien encaminado. Desde que conoció al que es su compañero de competición ya no tiene interés por andar perreando por ahí. Sus energías están canalizadas en la vida deportista y conyugal que Ismael ha organizado para ambos.
Ismael, dos años mayor, le mima en exceso, le cumple todos los caprichos y “kinki” es un tipo agradecido, fiel como un niño. Carmen se da perfecta cuenta de que Ismael es gay-gay, pero que “kinki” es bi, eso una mujer lo sabe, no hay más que ver cómo la mira a ella, o a Laura o a cualquier otra chica que entra en la cafetería, las mira de reojo con culpa, con la culpa de un bisexual enamorado de un homosexual.
Además de clientes son sus vecinos del piso de arriba y algunas noches le dan la serenata porque cuando hacen el amor deben ser muy apasionados a razón del follón que montan. Carmen disfruta horrores con los gemidos de pasión de esos dos cachimanes. Que qué harán, madre mía, que a veces parece dolor lo que sienten, con esos aullidos, con esos suspiros gritados, cómo se lo montarán esos dos, a veces pareciera que arrastran muebles, y cuando siguen un ritmo constante de zambombazos hacen retumbar el techo, las paredes y, exagerando un poco, los mismísimos cimientos de la casa. Cuando Carmen comienza a escuchar la cantinela de placer de los remeros, deja al instante lo que está haciendo, se sirve un chupito de licor de melocotón y se sienta a escuchar. A veces se acaricia imaginando a los dos hombretones en sus juegos de amor. El capítulo sonoro de los hercúleos homosexuales dura diez, quince, con suerte veinte minutos. Carmen supone que antes de los gemidos han tenido su dosis de caricias y de palabras de amor, pero desgraciadamente a esa introducción no tiene la suerte de asistir ni siquiera en modo audio, pero es fácil de imaginar conociendo lo tierno que es Ismael, lo cariñoso que es Samuel. A carmen no le da tiempo de sincronizarse con el placer de ellos, pues le llevan ventaja y disfrutan del climax cuando ella todavía comienza con los prolegómenos – Carmen jamás comete la torpeza de masturbarse a todo correr-. Cuando ya sólo puede escuchar el grifo de la ducha en el piso de arriba (invariablemente los chicos se duchan después del escándalo) es cuando ella va alcanzando su propio placer, mucho más silencioso, mucho menos aparatoso, pero no por ello menos gratificante.
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Este cuento es el número 18 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Lipa bióloga
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El carnicero
El carnicero, cuando joven, era un mozo sanote de frente despejada y ceja elegante. Sin embargo la vida opulenta que ha llevado ha hecho de aquel gentelmán un jubilado obeso que ya no conserva practicamente ningún atractivo salvo para su amante: la mujer del viejo mantiene su enamoramiento en una infidelidad fiel sin precedentes. Cuando la mujer del viejo consiguió convertir al carnicero en su amante – ambos rondaban los cincuenta- él era todavía todo un tipo con tripita incipiente. Era un viudo al que había que sacar el sombrero en porte y presencia, un armario empotrado de pecho bizarro, brazos robustos y manos inmensas perfectamente cuidadas.
-Un artista de cine, le gustaba pensar a la mujer del viejo cuando le planchaba las camisas.
Lo cierto es que se había ido convirtiendo en un sibarita del buen manjar y reservaba para sí el mejor solomillo de buey, la pierna de cordero más sabrosa, el cochinillo salmantino más tierno, las chuletas de ternera más gallegas, el capón de Vilalba más sabroso… carne de primera a la hora de la comida y también a la hora de la cena, sin hacerle ascos a un humilde churrasco de cerdo, a unos higadillos encebollados o unos choricillos al infierno. Ni que decir tiene que tenía la tensión un poco elevada y el colesterol por las nubes, pero él vivía ajeno a ello y ni visitaba al médico ni se privaba de su bocadillo de jamón serrano a media mañana.
Con esta minuciosa descripción de los hábitos gastronómicos del carnicero pretendo profundizar en la personalidad de este hombre que se deja llevar por los placeres de la carne y no va a actuar de modo diferente cuando su cuñada entra como perico por su casa con el mandil azul toda ella sonrisas, toda ella amabilidad y alegría. Él, al fin, es viudo joven con sus ardores todavía. Aunque le tiene mucho respeto a su difunta y es un hombre de fé, cayó en la tentación como cualquier hijo de vecino y consuela su conciencia pensando que así establecidas las cosas, con la cuñada haciéndole apaños por lo menos tres veces a la semana, él no se ve en la necesidad de buscar otra mujer y es mejor para su hija, al fin y al cabo, es su tia, y todo queda en familia.
Y es que había que verse en el pellejo del carnicero, tranquilamente leyendo el periódico en el sofá de su salón y la cuñada que entra llena de energía, ordenando aquí y allá, con el plumero y las escobas correteando con pasitos cortos hasta que, de repente, se arrodilla, sí, sí, dobla las rodillas y se pone a cuatro patas para sacar brillo al parqué o para limpiar una minúscula mancha de la alfombra. Se arrodilla con sus tacones de cuatro centímetros -ésto es demasiado para el carnicero-. En esa postura la falda inevitablemente se le levanta por detrás y deja ver el borde de la combinación y también un buen pedazo de carne del pernal, un par de zancos bien macizos. Con el movimiento de fregado su cuñada balancea las caderas de un lado a otro, o en círculos, o alante atrás. El carnicero no puede describir con exactitud la coreografía de aquellos meneitos pero ese mariposeo de nalgas bajo la tela le nubla la vista, le hipnotiza el entendimiento y le hincha el salchichón. Es que la señora enseña, como quien no quiere la cosa, hasta la mismísima rabadilla.
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Este cuento es el número 17 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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El elogio de la azotaina. Jacques Serguine
Jacques Serguine es un escritor francés nacido en 1935 que aborda en 125 páginas la fantasía de la azotaina. Minuciosamente desgrana los beneficios eróticos de esta práctica, que está explicada con claridad, describiendo los procesos físicos y psicológicos con precisión puntillosa, midiendo sus palabras para que quede constancia de la claridad de su idea. Hasta tal punto es un tratado filosófico que se puede llegar a dudar de si esa meticulosa disertación no es más que una gran ironía del autor, hombre al cual le excita sobremanera el trasero femenino y encuentra en la azotaina un preámbulo maravilloso para el amor. Y digo amor porque es una de las palabras más empleadas por Serguine, al que no le interesan las nalgadas propinadas a una desconocida, o a una prostituta, si no a su mujer, a la mujer de la cual está enamorado, a la cual ama y por la cual es amado. Una mujer que accede voluntariamente al “castigo”, emocionada y feliz.
Separa completamente el concepto de azotaina con el de sadismo o el de masoquismo y no habla de dolor, sólo de placer, del perfecto estado mental que dirige una azotaina a los protagonistas de un encuentro sexual consentido. Rechaza cualquier utensilio para realizarla que no sea la propia palma de la mano, pues insiste en que la azotaina ha de estar a medio camino entre la caricia y el dolor.
El libro pretende ser un manual donde el autor narra los pasos a seguir a partir de sus propias experiencias. Los preámbulos y el deseo han de ser alimentados por los amantes que, a sabiendas de que la relación va a suceder, se excitan de antemano y se preparan ilusionados. Cada detalle es estudiado; la ropa de ella será clave, especialmente la interior y cuando ella se incline para recibir no quedará desnuda, la falda remangada en la cintura y la braga debajo de las nalgas, enfatizando las formas voluptuosas que serán honradas de tan peculiar modo.
Copio un párrafo indicativo del estilo de Serguine:
Para mí, es evidente que la mujer que recibe los azotes no ha de estar vestida ni de

Una fotografía de la escultura florentina "El rapto de las Sabinas", ilustra la portada del libro en su edición de La Sonrisa Vertical
pie. O, mejor aún, que debe estar tanto lo uno como lo otro, pero antes, y que precisamente una parte importante de la azotaina, o de la operación, en sentido extenso, de la azotaina es cambiar esa situación o estado. Por lo demás, me apresuro a añadir que la víctima que lo consiente tampoco debe estar desnuda; esto es, no debe estar desnuda del todo, Dar unos azotes a una mujer que esté desnuda, o vestida o de pie, creo que es desnaturalizar el propio placer, sin hablar del significado, a la vez simbólico e inmediato, de la azotaina. Sobre todo porque en efecto, me parece claro que la razón de existir la azotaina y su sentido reposan – más que sobre una percusión más o menos prolongada y reforzada- sobre el hecho de inclinar o curvar y desvestir: me refiero, siendo aún más precisos, a desvestir parcialmente la parte que interesa a la azotaina. Ya que la azotaina, que descansa a la vez enl a noción de humillación y de dolor, en la misma medida que insidiosamente los caricaturiza y falsea, si quiere conservar también su poder de enseñanza y, si puede decirse así, de esplendor, su virtud estimulante, picante y profunda.
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Esta reseña la hice para el blog literario Más que palabras, y la foto es autoría de Faune
Gasolina
Como si se acerca un fósforo a gasolina líquida, así prende el cuerpo de Laura desde que se encuentra cada mañana con el mecánico en el café, desde que se miran, a veces de reojo.
Su gesto, el gesto de Víctor, su cara, la cara de Víctor, su gracia, ese modo de ver, de mirar, de observar, de chispear, su sonrisa, la risa de carcajadas, la forma de la camiseta, los bolsillos traseros de su pantalón, cómo se sienta en la barra, las manos de uñas irregulares, la pulsera negra de su muñeca, los deportivos desgastados, cómo camina, la voz, la nuez que se mueve cuando habla… Ha de reconocerlo: se está obsesionando. Está obsesionada.
Le desea tanto como le teme y por ello es tan esquiva, casi huraña con él. Es ese enfermizo pudor que no la abandona, que tanto la hace sufrir.
Él se lo pone fácil, es un hombre de trato cálido considerando lo guapo que es. Los hombres tan atractivos imponen, molestan un poco porque una mujer suele preferir ser ella la bella de la pareja. Pero Laura no se plantea que algún día Víctor pueda ser su pareja, no se permite pensar semejante cosa y sin embargo lo será. Mientras tanto, ella se muestra evasiva y Víctor, que tuvo claro que iría a por ella estas últimas semanas, ya se empieza a cansar. Le comunica su desconfianza a Carmen, la camarera:
- Es fría, dice mientras Laura se aleja cruzando la puerta acristalada de la cafetería, las caderas sueltitas.
- Te equivocas Víctor, es apasionada, contesta Carmen, y sigue a lo suyo.
La sexualidad de Laura palpita con tal vehemencia, que existen grandes posibilidades de que regresen sus accesos histéricos. Casi le da un ataque al enterarse de que su jefa se toma vacaciones y la va a dejar sola en la academia todas la Navidades. No soporta la idea de permanecer allí mañana y tarde, frente al taller del mecánico porque es incapaz de hacer otra cosa más que espiarle.
A cada rato vigila las entradas y salidas del mecánico, tras las persianas de su aula, controlando quién va y quien viene, cuándo entra y cuándo sale, lo cual es constante porque él se pasea continuamente con alguna de las motos que repara. Se pone el casco y se larga montado en una BMW. Vuelve y sale en la Yamaha roja.
Hay algunas horas muertas en que la academia está vacía. A veces, pocas, Laura se masturba a puerta cerrada. Necesita desconectar, encontrar paz interior, pero apenas le consuela. Desde luego es otra cosa además de sus dedos lo que su organismo pide a gritos. Se frota, se frota por encima de la ropa sentada en la silla. Se acaricia lánguidamente. Cierra los ojos, el abanico de pestañas negras en sus párpados brillantes, qué linda, nadie la ve y está tan hermosa cuando se olvida de sí. Se acaricia y toma color su rostro, frente pálida y mejillas rosadas, fresa y nata en su tez. Laura navega mentalmente por el edén de sus fantasías, imágenes que provocan la dilatación de las aletas de su nariz. Cierra, aprieta las piernas aprisionando su mano entre ellas. La barbilla se distiende, los labios de su boca se separan, la respiración acelerada y un leve gemido que es casi un gruñido sordo. Laura aprieta sus nalgas, contrae el ano y el éxtasis sube por su médula. Uno, dos, tres, cuatro. Cinco segundos de abandono y ya. Ya Laura retorna poco a poco a su melancólico mundo, a la ventana, a espiar por la ventana.
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Este cuento es el número 16 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Qué feo es ser calientapollas y cuánto me gusta
Algunas mujeres, por influjo de nuestro subconsciente, tenemos la insistente tendencia de poner cachondos a los hombres en general. Esta obsesión es independiente de que tengamos ganas de ellos, de que nos gusten o no. A algunas “Evas” nos encanta ofrecer alegremente el fruto prohibido para luego retirarlo, drásticamente o por medio de melindres.
No es un motivo para sentirnos orgullosas y alimentarlo en exceso suele tener un coste negativo para nuestra salud psicológica. Resulta casi humillante esa necesidad de sentirnos deseadas. Una enfermiza necesidad de probar nuestro poder erótico femenino. Puede deberse, este hambre, a la endiablada dependencia emocional causada por carencias afectivas antiguas, a una autoestima dañada que busca de continuo la aceptación, unida a la voluptuosidad que nos es inherente. Sufrimos sumisión al parecer de los demás, especialmente al masculino. Somos mujeres inmersas en un sistema patriarcal y la figura arquetípica del hombre se acerca con frecuencia a la de “padre-jefe” al cual tendemos irremisiblemente a agradar para sentirnos protegidas de nuestro miedo. Es un juego, el de la seducción por la seducción, que no sólo nos divierte, nos alegra el alma.
Claro que después, cuando el fruto ha crecido y madurado, el objetivo está cumplido. Conscientes repentinamente de que nos estamos metiendo en camisas de once varas, nos urge coger las de Villa Diego.
Ya sabemos que es una actitud moralmente reprochable y que no es justo para esos amables señores que se quedan tan frustrados con la miel a unos milímetros de sus labios. Por lo general son respetuosos con tu decisión final, tragan bilis y recogen velas dignamente aunque interiormente echen pestes. El sector femenino nos tiene especial tirria. Nosotras mismas, cuando no estamos ejerciendo de “calentadores” y son otras las que actúan de tal insano modo torcemos el morro acusadoramente.
Personalmente, alguna vez he sentido cierto pesar por esos maravillosos caballeros a los que he calentado algo más que la cabeza, y no he tenido el gusto de enfriarla mediante el desahogo perineal. En alguna ocasión he sentido una vaga lástima por esos hombres a los que he visto hervir, calentados por el fogón de mis carnes, de mis palabras, de mis gestos, deseándome con esa fuerza increíblemente atractiva de macho endurecido que resulta sumamente balsámica para mi ego.
Podría pedir perdón, pero es que no me arrepiento ni siquiera un poquito. Y vive dios que cuando surja, reincidiré en mi falta.
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Aires ilustra este texto:


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