Archivo de septiembre, 2009
Carmen, apuntes sobre su biografía
Carmen es una profesional como la copa de un pino, camarera desde los quince que sabe su oficio al dedillo. Atiende a la clientela con la eficacia que caracteriza a la hostelería española y con la educación que caracteriza a la hostelería portuguesa. Conoce los nombres de los clientes habituales y cómo servirles el café, si largo de agua, si cortadito corto, etc. Es agradable por naturaleza pero no tuvo demasiada suerte en el amor si entendemos “suerte” como el conseguir una pareja estable para hacer nido. Se casó a los diecinueve y su matrimonio duró ocho años de convivencia irregular y polvos conyugales – al final ya aburridísimos pero al principio follaban muy bien-. Hay que pensar que de aquella no había pornografía masiva y los novios llegaban al matrimonio sin tener mucha idea, pero no contra-informados. Si se dejaban llevar por su instinto, podían hacer bien las cosas. Ese fue el caso del ex marido de Carmen y su espléndida manera de acariciar las zonas más íntimas de su mujer en aquellos primeros tiempos. Consideraba que la vagina era una zona tremendamente delicada y no se atrevía a restregar o a frotar enérgicamente, sino que pincelaba con las yemas deliciosamente, tanto, que pone los pelos de punta sólo de pensarlo. Como además no había visto un coño en su vida, se deleitaba largo y tendido a repasar los recovecos, mirando con mucha atención y sin perder ripio. Después, sin más, dejó de hacerlo así y fué una tremenda lástima. Ya sabía el camino y cogía el atajo. Carmen llegaba al clímax, sí, pero aquel hermoso sendero era ahora una autopista funcional y sosa. Fue un matrimonio tonto, el de ellos, y no me refiero solamente a que él perdió el don de acariciar divinamente, es que además no le hizo el culo, ni manifestó siquiera el menor interés.
El ex de Carmen era una especie de hippy que flipaba con el “haz el amor y no la guerra”, el Che, la marihuana y las chicas de dieciocho con pelos largos despeinados y pulseras de cuero superpuestas. Entendamos que no estaba preparado para la vida matrimonial en la que se embarcó alegremente. La convivencia fué cayendo progresivamente en picado y se dejaron por fín después de una noche en la que él salió de marcha y no apareció por casa en una semana. Pese a los desplantes, Carmen no guarda rencor y mantienen una cierta amistad, o más bien acuden el uno al otro cuando están de bajón. Cada vez son más frecuentes los bajones de su ex, puesto que él, fiel a sí mismo, sigue gustando de las de dieciocho de piercings, pero cada vez casa menos con ellas, que ya es un poco el hazmereir en las fiestas de solsticio de verano, con el mismo cansino rollo guay de siempre. Ahora el ex de Carmen es una caricatura del progre moderno que fué, pero es buen tipo, amigo de sus amigos y fiel en términos generales.
La culpa de la ausencia de sexo anal en el matrimonio la compartieron ambos. Carmen nunca declaró sus fantasías a su esposo, y a él ni se le pasó por la cabeza; ella por escrúpulos, él por falta de intuición, el trasero de Carmen seguía sin tener actividad alguna además de la evidente. Las vergüenzas son telarañas de hierro cuando se tienen veinte pero si la evolución personal es consecuente, a los cuarenta están rotas y Carmen desde luego había espabilado. Ahora ya no se anda con pamplinas cuando duerme acompañada; con educación y estilo Carmen ofrece sus preferencias y la mayoría se sienten afortunados. Claro que algunos son pura torpeza, que creen que allí es igual que acá.
Por eso le tiene tanto cariño a Víctor, que con su magnífica intuición se la metió contra natura sin siquiera ella insinuarlo. Repasando con las manos y la lengua, afinando el cuerpo de viola de su amante, Victor presintió los placeres, evitó los chirridos, sintonizó la melodía y supo ofrecer concierto de barítono en los jardines de Sodoma.
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Este cuento es el número 9 de la colección de relatos hilados Crisol púbico
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Me envían:
Faune envía una foto que sacó él mismo en su viaje por Florencia y tituló “El plaer sublim de Sodoma”
Fernando Lobato:
Ana:
Juego floral.
Necesito desprecio.
Dime coqueta y levanta mi falda.
No quiero tu lástima, sé salvaje.
Olvida el sentimentalismo, olvida la ternura por hoy, por hoy llámame puta y escúpeme en los pechos.
Clávame la polla. Clávamela en la boca.
Despréndeme de las capas de cebolla, mentiras que me envuelven.
Soy una mujer desnuda, una hembra loca.
Tengo coño, azótame: saca la bestia.
Nadie lo ha hecho, todos me aman, siempre me aman.
Episodio de Laura con su prima lesbiana
En aquella ocasión que Laura cayó presa del descontrol histérico por culpa de la dichosa camiseta desteñida, su madre se asustó e, incapaz de calmarla, llamó a la prima para ver si conseguía tranquilizarla. Cuando la prima llegó, Laura estaba a oscuras, ya relajada, sollozando en su cuarto. Fue fácil consolarla, con caricias de prima melosa, cepillándole la cabellera, contándole chistes y gracias. Siempre se llevaron bien: la prima es un encanto de espabile, lista como un ajo, rápida como una ardilla. No bisexual: sólo lesbiana se considera. Aunque es muy jovencita, lo tiene claro y por aquellas épocas de las primeras manifestaciones del histerismo de Laura, andaba enamoradiscada de ella.
Cuando aquella noche se ofreció a quedarse a dormir para hacerle compañía, interiormente albergaba esperanzas lúbricas. Promiscua a tope, tenía tres o cuatro amantes femeninas y un orgullo gay poco común a su edad. Con dieciseis primaveras cumplidas había probado veintitrés coños, según contabilizaba la libretita a modo de diario que la sáfica escribía puntualmente, sin perder la cuenta.
Lejos estaba Laura de sospechar las intenciones de su prima cuando accedió a que se quedara a dormir con ella, ni siquiera cuando sacó la petaca de whisky con la disculpa de calmar los nervios de ambas. La emborrachó. La intención de la prima no era solamente conseguir un nuevo coñito para su libreta: le gustaba el cuerpo de su prima, concretamente le tenía ganas a sus tetas, tan gordas.
Laura no tenía costumbre de beber y cogió una cogorza monumental que, todo sea dicho, le sentaba de perlas al rostro. Afuera quedaba, con el whisky, el corsé auto impuesto. Toda risas ahora, despatarrada en la cama, inocente y feliz cuando la viciosa prima sin venir a cuento le sostiene las tetas con ambas manos. Como Laura da un brinco por lo inesperado del contacto, la prima sonríe y dice en una carcajada:
- ¡Qué grandes las tienes!, ¡qué envidia!, mira:
Se saca la camiseta enseñando sus puntiagudos botoncitos, y se posiciona de rodillas vestida sólo con su braguita en color azul, las caderas de muchacho. Los morbosos triángulos enfocando a Laura.
- Déjame ver las tuyas.
Como la borrachita dudaba, se lanzó a desnudarla haciéndole cosquillas, una pelea de cachorritos con superioridad de la cachorra lesbiana, pues la otra se tambaleaba borracha y torpe. Consiguió quitarle el camisón. Laura trataba de tapar sus opulentas carnes con los brazos.
- Joder, estás buenísima.
Le falló la paciencia a la prima que se lanzó apresuradamente, comiendo aquí y bebiendo allá. Laura se dejaba, bloqueada, incapaz de poner freno a esa impetuosa violación. La prima se corrió por fin, frotando la vulva en la pierna de Laura y un minuto después ambas se hicieron las dormidas.
No volvieron a nombrar el asunto.
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Este relato es el número 8 del conjunto de cuentos hilados: Crisol púbico
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Juani escoje el álbum “contorsionistas” de Alvaro Pemper, autor que yo no conocía y me encantó.
Raquel encontró una imagen adecuada en una edición reciente del libro de Pierre Louÿs “Chansons de Bilitis”:
Fernando Lobato:
Ana:
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Porquiño:
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Eric Marváz envía esta imagen. Eric es participante del Colectivo Morvoz, un grupo de artistas con la estupenda intención de reevaluar la actividad humana del sexo, y en el cual me encantaría participar… si me dejan.
Razones por las que Víctor es maravilloso en la cama
Aunque Víctor posee esa preciosidad de verga oscura, especialmente bella, especialmente ergonómica, no es esa la razón por la cual hay unanimidad entre sus amantes a la hora de clasificarle como “de primera”. La polla cuenta, pero hay otros factores: su biología vitalista, el ánimo generoso y su desenfado alegre… posiblemente también su iniciación sexual sea clave: tuvo la gran suerte de ser instruido en los licores del placer por la mejor de las maestras cuando contaba con quince años.
Maricruz, con veintiocho, era toda una señora para el rizoso rapaz con las hormonas alteradas por la adolescencia. Era una mujer hecha y derecha porque además de su “avanzada edad” contaba con marido e hijos de los que se había librado el verano de 1990 porque residían en Suiza pero poseían casa y tierras en Laiño, la aldea donde Víctor veraneaba con sus abuelos. Maricruz pasaba ese verano sola en la aldea para gestionar la venta de las propiedades, e iba a la fuente a coger agua potable – la casa antigua no disponía de esta ventaja-. Víctor pasó por allí con su bici en el momento adecuado.
- ¡Eh, rizos! ¿Me ayudas a llevar estos bidones a la casa de allí arriba?- preguntó Maricruz.
- ¡Claro! – contestó Víctor con su ya por entonces irresistible sonrisa.
Maricruz es la mujer más alegre del mundo, campechana y con gran capacidad de disfrutar del presente sin tener demasiado en cuenta las consecuencias de sus actos. En plena ovulación, voluptuosa gracias a los beneficios del verano gallego después del eterno invierno suizo, le apeteció jugar con el ricitos y lo hizo. A los diez minutos de haber llegado a la casa cargado con los bidones, Victor eyaculaba incontenible en las manos de una Maricruz muerta de risa.
- ¡No, no, no! Ésto no es así, has de saber controlarte, ¡que dure, que dure!
Las carcajadas sin maldad de Maricruz animaron a Victor a volver al día siguiente a la misma hora, y al otro y al otro, y ese verano se convirtió en el más enriquecedor para el muchacho, que cada día dormía la siesta en brazos de la lista mujer, que le fue aleccionando del modo más dulce: entre risas y confidencias.
Más graciosa que bonita, toda llena de pecas desde la frente hasta los pies, con mata de pelo rojizo en la cabeza, en las axilas y en el pubis, de carnes neumáticas y una flexibilidad asombrosa en sus miembros, no hubo postura del kamasutra que no practicaran sin saber de la existencia del tratado ninguno de los dos.
- Me gusta tu barriga partida-, susurraba Víctor repasando la cicatriz que dividía en dos partes el vientre de Maricruz debido a una brutal cesárea, -parece que te la hubieran bordado-, decía Victor entusiasmado, y era sincero.
Ese don innato de descubrir belleza cuando está disfrazada, de descubrirla y comunicarla con palabras, gestos y actitudes, ha hecho que muchas mujeres se le entreguen a fondo, y lo que es más complicado: que no le odien cuando vuela a otra flor.
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Este relato es el número 7 del conjunto de cuentos hilados: Crisol púbico
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Entendamos al viejo verde.
El viejo había sido un pajillero toda su vida. Uno de tantos que no había conseguido follar como hubiese deseado. Uno de los miles que siempre se quedó con apetito, de los millones que llegada su postrera hora lamentan lo poquito que han conseguido propagar su simiente. No es que hubiese deseado la continuidad de su estirpe por diversas canalizaciones femeninas, es que le hubiera encantado tener más calentones para recordar.
Se quedó con las ganas de hacerlo más y de hacerlo mejor con su mujer, tan antipática, tan tacaña. Se quedó con ganas con las putas, tan apuradas. El viejo sólo tuvo cancha libre de acción en su sexualidad solitaria y aquí sí que no había escatimado. De hecho iba a las prostitutas más por tantear carne que pusiera color a sus fantasías que por el polvo en sí. Al fin él lo pasaba mejor en el bar tomando copas con unas y con otras que en el cuarto con alguna, que lo exprimía en un plis plas.
“¡Me cago en San Dios!”, blasfemaba el que todavía no era tan viejo al comprobar que con su leche derramada la puta terminaba con él y allá se iban las cinco mil pesetillas, que era el pico que cobraban las lobas. De hecho él siempre sospechó que se metían algo en el chocho que le obligaba a correrse en un decir amén. Porque, de esto se acuerda bien el viejo, cuando tenía cuarenta y cinco años y empezó a visitar el club, todavía jodía – muy de vez en cuando- con su mujer y con ella tardaba por lo menos un cuarto de hora en irse, y sin embargo con las furcias ni tres minutos en venirse: era acercar la minga al conejo experto, y escapársele la eyaculación y con ella la erección, que no cundía el dinero.
Mejor partido le sacaba a las revistas, aunque resultaba peligroso tenerlas. Para que su mujer no las descubriera las escondía en el coche, en el lugar más seguro: entre los huecos de los tubos del motor. El viejo, cuando todavía no era viejo, tiraba al monte después de la jornada laboral y se hacía sus pajitas tranquilamente en el asiento del conductor pasando páginas como cualquier hijo de vecino. La misma revista le duraba un par de meses y no costaba ni quinientas pesetas, así que echad la cuenta.
Lo mismo que le salen rentables las clases de informática -aunque no aprenda nada- porque la profesora consigue que le vuelva a hervir la sangre, con las caderas y las tetas, con sus carnes jamonas.
Ya no se le pone dura al viejo, y mucho menos eyacula, pero se excita a su anciana manera espiando a la profesora voluptuosa, esa niña que él sabe que no tiene novio ni marido, esa chica de la que tiene la seguridad de que el coño le arde en soledad, de soledad.
No será, sin embargo, el viejo el que arranque la soledad de Laura a golpe de estocazo de verga: tal apasionante labor se la depara el destino a Víctor, el mecánico afortunado, ese simpático joven tan regalado por la vida.
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Este relato es el número 6 del conjunto de cuentos hilados: Crisol púbico
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“Erección matinal”, con la voz de Lipa Benet.
Lipa Benet nos regala la interpretación de un nuevo relato; erección_matinal.
Podeis escucharlo:
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Crisol púbico V. La histeria de Laura.
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Laura no es una pieza fácil de cazar -de fornicar- a pesar de la desesperación de su cuerpo por ser poseído. Ella actúa ajena a esas necesidades. Su cerrazón va en aumento, haciéndose lógicamente cada vez más patológica. Se está convirtiendo en una mujer replegada en su insatisfacción.
A los diecisiete tuvo su primera manifestación de histeria por causa de una lavadora mal puesta que le había estropeado su camiseta favorita. Lloró, gritó, blasfemó y rasgó la camiseta, se arañó la cara con las manos. Con la melena alborotada y los labios brillantes Laura semeja una loca hermosa. Con el camisón flojo, las carnes de Laura rebotan con la ira, arden sus mejillas y su aspecto es el de hiena herida. La pobre chica es reprimida sin aparente motivo ni razón.
Podemos filosofar para intentar entender la ancestral castración de la sexualidad del género femenino, materializada en una mujer de clase media, profesora de informática, que se avergüenza de tener el pubis voluminoso con un coño que se humedece y huele, que rechaza su generoso cuerpo sano escondido tras una mente dañada por el perfeccionismo del ideal de un tipo liso y austero.
Tanto se reprime, que su sexualidad se reduce a lo onírico. Sus sueños han sido tan escandalosos que conforman el más oscuro de sus secretos. El primer orgasmo vino de la mano de un león, un león macho que la forzaba a disfrutar de su lengua poderosa de carnívoro hambriento, que la obligaba a abrir sus piernas y lamía su vulva parsimonioso con la lengua caliente. Todavía hoy Laura puede recordar el efecto de ese apéndice gigante que repasa su raja desde el ano al ombligo y la lleva a un placer en cascada.
Una y otra vez la repetición de una secuencia erótica con pequeñas variantes, casi todos los dias, sin darle tregua, hasta que el sueño remite y cede paso a otro, igual o más indecente. Esta vez, el león se transformó en gorila, un gorila con mala leche –aunque tierno en el fondo- que se excita viéndola orinar y debe hacerlo allí, delante de las narices del kinkón cachondo que observa su vulva en proceso de micción, babeando con los jugos. A Laura esta humillación la lleva de nuevo al éxtasis involuntario, al vergonzoso abandono indeseado frente al simio fauno.
Más tarde semi-personificó a su amante y vino la serie de sueños del médico que le insta a enseñarle los pechos. El doctor, que curiosamente tiene cabeza de toro -y rabo, también rabo de toro- le dice sin mirarla que se saque camisa y sostén, a lo que ella obedece. Él, al principio muy profesional pero cada vez más obsceno, le toca en evidente excitación, parándose insistentemente en los pezones, jugando con ellos entre las yemas de sus dedos, advirtiéndole de que con esos pechos debe calentar a muchos hombres, a más y más hombres. Se embala el médico, que es una vaca, dice el toro, una ternera, … En los sueños de Laura las palabras soeces -que ella jamás emplea despierta- son el pan de cada noche. El orgasmo le llega a la inocente bella durmiente, cuando el médico no puede resistirse y se mete un pezón entre los labios para succionar como si tuviera mucha sed.
… Y así toda su vida, que por temporadas hasta llora al despertar, o reza. Claro que otras veces su naturaleza voluptuosa vence y entonces no puede evitar apretar fuerte las piernas y balancear las caderas ligeramente, abrazada a la almohada, hundida la cabeza. Ni acaricia su clítoris ni mete objeto alguno dentro de su caverna inexplorada, tan sólo a veces, las menos, cae en la tentación de acariciar sus senos, harto sensibles, pensando en el doctor…
El cuerpo de Laura, sabroso de por sí, está encarcelado por un mar de complejos y su inconsciente se cobra esa pequeña cota de placer. Lo más curioso es que la primera vez que Laura soñó con una persona de carne y hueso, fue con el viejo, el viejo baboso que la mira como si estuviera siempre desnuda.
En cambio con Víctor no sueña. Y eso que, muy disimuladamente, le mira en la cafetería Crisol, mira su cuerpo de hombre bien hecho y su simpatía con unos y con otros, tan amable con Carmen la camarera, incluso con el viejo se muestra encantador. A ella siempre le sonríe. Ultimamente incluso le dice:
-Buenos dias preciosa.
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Crisol Púbico IV. Víctor, experto jodedor anal.
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Víctor no sueña con mujeres viejas, ni jóvenes, asegura no recordar sus sueños y si alguna vez se despierta después de haber eyaculado no lo achaca a lo onírico, si no a su excesivo ímpetu fálico y no le da más vueltas al asunto.
No sueña con viejas pero es aficionado a las mujeres de una cierta edad –también-. Varias le acogieron cuando se encontraba sin lugar donde pasar la noche, y algunas le adoptaron durante una semana, un mes, … sobre todo Carmen, la camarera de la cafetería Crisol, la de al lado del taller de Víctor y de enfrente de la academia de Laura.
- Llévame a dormir contigo, Carmen-, le hacía ojitos Víctor, ojitos de borracho cariñoso.
Ir a dormir con Carmen suponía un placer porque todo lo tenía limpito y ordenado y porque Carmen es una mujer acogedora y complaciente siempre de estupendo buen humor, pero muy especialmente después de haberle follado el culo, dado que ahí radica el placer de Carmen. Como hay tan poquitos hombres que sepan hacerlo bien sin que le duela a una, ella valora esa virtud en Víctor y le agasaja como príncipe: chorizos fritos de desayuno, pan fresco, café del bueno, …
- Déjame coger tu culito otra vez.
Víctor sabe ser agradecido y se toma su tiempo en lubricar y favorecer el placer de Carmen, ¡tan buena persona Carmen!, de las que la gente abusa, pero no Víctor que le introduce la gruesa verga en el ano moreno con la lujuria justa y la delicadeza exacta. Le sostiene a manos llenas las pistoleras, esas protuberancias a ambos lados de las caderas de Carmen, que ella aborrece pero que a Víctor le hacen chiste porque le dan mucho juego y aprovecha en su beneficio para realizar el coito anal: agarra una con cada mano y se menea en la abundancia con gusto. ¡Qué bien que lo hace! Pura mantequilla es Carmen, mantequilla salada.
Tuvo que girar mucho el mundo, llover y hacer sol hasta que Víctor consiguió joder con Laura de esa aviesa manera, ya que por aquel entonces Laura apenas si se tocaba al masturbarse, con apretar fuertemente las piernas, al parecer tenía bastante.
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Crisol Púbico III. La rutina de Laura.
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Laura trabaja en una academia dando clases de informática básica. Es la única empleada y solamente coincide con su jefa por las tardes que es cuando más bulliciosa está la academia, llena de niños.
Laura no soporta su trabajo con los rapaces, tan ruidosos, y sin embargo disfruta de las mañanas porque los alumnos son adultos, mujeres o jubilados. Personas amables con las que ha de tener paciencia pero que no le exigen demasiado… salvo aquel vejete de la clase de las diez, que va de graciosillo y no sólo le boicotea las explicaciones con chistes tontos, si no que la solicita todo el tiempo para que le explique en su pantalla y se le acerca rozándola, alargando la mano. El impertinente hace sonrojar a Laura, tan torpe siempre en estas situaciones, y pese a que es el que más tiempo lleva matriculado no se da de baja de las clases y eso que la informática le interesa un pepino.
Siempre tuvo un gancho especial para los viejos verdes, pero lo peor es que éste se ha colado en sus sueños. Con el asco que le tiene y justo va a tener pesadillas cochinas con ese señor. Además … ¡menudos sueños!, que a Laura sólo de recordarlos se le hace un nudo en la tripa: ella bajándole el pantalón desaforada y tomando su polla, que no parece de un viejo ahora si no la verga turgente y saludable de un jovencito. Durmiendo Laura, desordenadas las sábanas, sudorosa la frente, toma en sueños el falo y se lo pasa por entre los senos, los roza con sus pezones. Los pezones de la durmiente se ponen como piedras. Restriega el miembro viril por su vientre y luego excita con él su vulva – sin introducirlo-. A pesar de la repulsión que le causan los empujes y las muecas lascivas del anciano, Laura orgasmea enérgicamente y se despierta acalorada. Es un sueño repetitivo que martiriza su consciencia y hace que odie todavía más los lunes, sabiendo que ha de enfrentarse a la mirada del viejo en clase, con esa sonrisilla como de saber, como si él tuviera idénticas fantasías. Casi es odio lo que siente Laura por el corruptor que desata en ella una lujuria sin sentido. Le odia y sin embargo fue gracias al viejo que Víctor se fijó en ella: el viejo descubrió un dia que Laura tomaba el desayuno a las once en la cafetería Crisol, que está enfrente de la academia. Comenzó a ir también y se sentaba en la barra con su solsombra, justo en el taburete contiguo en el que acostumbra a sentarse Víctor – que a las once deja el chollo para tomar la tortilla en Crisol, que está al lado del taller. Como el viejo es un indiscreto y miraba insistentemente a Laura, Víctor siguió la mirada del viejo y se encontró con la de Laura, sentada en la mesa del fondo. Un segundo se cruzaron sus miradas, luego Laura la esquivó.
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Cantar de los cantares como poesía erótica
La cultura judeo cristiana ha sido bien tacaña a la hora de ayudarnos a entender nuestra
sexualidad, no digamos a enseñarnos cómo enfrentarnos a ella. Dada esta sequía en nuestra tradición occidental, el “Cantar de los cantares” cobra relevancia en el erotismo literario.
Es una colección de poemas eróticos que forma parte de la Biblia, y también del Tanaj, Biblia hebrea. Su supuesto autor es el rey Salomón que vivió hacia el !020 a.c. y hay fuentes que afirman que le cantaba a una princesa egipcia.
Es un diálogo entre dos amantes que, separados, se desean ávidamente, después se reunen y cantan al amor, se vuelven a separar y por fin llegan a poseerse definitivamente. Se dicen cosas como: “introdújeme en la pieza en que tiene el vino más exquisito, y ordenó en mí el amor“, o ” Son tus labios, oh esposa mía un palani que destila miel; miel y leche tienes debajo de la lengua“.
Para los ojos y la sensibilidad de hoy en día, estos versos suenan casi ñoños, pero en el concilio de Constantinopla (año 325) cargaron contra él, alegando qe dice “cosas vergonzosas para los oidos cristianos“. De hecho, hay grupos de creyentes que aseguran que el cantar no ensalza otra cosa mas que la unión de Dios con el pueblo, incapaces de sospechar que son una celebración del amor carnal, bendecido por Dios -en la unión conyugal, eso sí-.
Me emocionan varias cosas en el cantar: imaginar al poeta disfrutando de un entorno tan bucólico, con tan bellas comparaciones ovinas: tu melena, cual rebaño de cabras/ ondulante por las pendientes del Galad./Tus dientes, cual rebaño de ovejas esquiladas/ que regresan del baño/ cada una con crías mellizas. Y me encanta la invitación explícita, divina, a que bebamos y comamos del cuerpo del amante:
El Esposo
He entrado en mi jardín,
hermana mía, esposa,
he recogido mi bálsamo y mi mirra,
he comido mi miel y mi panal,
he bebido mi vino y mi leche.
¡Comed, amigos, y bebed,
embriagaros, mis queridos!














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