Archivo de junio, 2009
Junio, y mi ánimo inventivo.
En mi apasionante empeño de emular a Scheherezade -la reina mora que salvó su vida gracias a las mil y una noches en las que mantuvo al sultán en vilo narrándole historias- este mes de junio he dado el callo y he hilvanado un puñado de cuentos propios: Celadores, Guay, Simpatiquilla, Eva, Silvia y Silvio, Cita a ciegas y Mis pies. También ajenos: Putas de fin de siglo, Mi vida secreta y en gallego: san Antonio, Carmiña, Guerrilleiros y comenté sobre el salón erótico Eros.
No me negareis que voluntad le pongo.
Mi vida secreta. Anónimo.
“Mi vida secreta” es un legado literario impresionante que escribió un anónimo victoriano a lo largo de su vida con pasmoso tesón, centrado en un único interés: sus vivencias sexuales. La edición de Tusquets ofrece una selección de esa ingente cantidad de narraciones de cópulas contadas en primera persona por el protagonista, Walter, caballero que, de ser cierto todo eso que explica, era un portento.
Sea autobiográfico o fantasioso, “Mi vida secreta” es un libro interesantísimo por lo que nos muestra del sexo en la Inglaterra represiva, tremendamente moralista, donde escandalizaba el solo hecho de nombrar los órganos sexuales.
Me impresionó mucho adentrarme en la sexualidad de ese caballero inglés del siglo XIX; las relaciones con sus criadas -abusivas-, el modo que utiliza para seducirlas, cómo percibe él la sexualidad femenina, los cánones estéticos – inmensos traseros de nalgas blancas y coños muy, muy peludos-, o sus aspiraciones perversas en los burdeles que frecuentaba.
El protagonista no se describe en ningún momento, yo me lo imaginé como un ególatra encorbatado, que me resulta repugnante por momentos, con esa sexualidad tan manipuladora, cruel e infantil, pero me hace gracia su cinismo, y desde luego me dejó impactada su obsesión por narrar una y otra vez montadas y cabalgadas, desde un punto de vista masculino hasta la médula.
Ian Gibson tiene un estudio excelente: “El Erotómano” en el que trata de dar luz a la autoría de “Mi vida secreta”, y creo que da con el quiz. No digo nada por ahora, semejante análisis concienzudo de Gibson tiene derecho a una reflexión aparte, ya os contaré.
Mientras tanto, copio un párrafo de “Mi Vida Secreta” en la que el riguroso Walter hace una alegoría al coño con una curiosa clasificación final:
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simpatiquilla
Me hace mucha gracia quedarme prisionera bajo un hombre después de su derrame. Aplastada bajo el sudoroso cuerpo de un caballero felizmente derrotado.
Es divertida esa posición tan peliculera de tener un tipo encima, y yo mirando al techo ojos abiertos, pensando en mis asuntos. Se ha visto en tantas películas, que da risa.
Me pongo simpatiquilla conmigo misma.
- ¿Y si se hubiese muerto?
Pero qué va, lo común es que sólo se haya corrido.
Coqueta sí, estúpida no.
Tenía veintipoquitos y todavía no era consciente del poder seductor de unos bonitos pies femeninos. Los brutos que me habían pretendido hasta entonces admiraban otras voluptuosidades más evidentes de mi fisonomía.
Como la damita que jugaba a ser aventurera que pretendía ser, me calcé aquel verano mis deportivas y me fui a un campo de trabajo del Perú andino. Allí hombres y mujeres caminan descalzos y un buen día decidí hacer lo propio. Desanudé primero un tenis, luego otro, me deshice de ambos con brío, como en una liberación profunda tiré, ni corta ni perezosa, de ambos calcetines a la par, sin tener la menor idea del alboroto que ello iba a causar.
-¡Miren, miren!, dijo uno, ¡tiene pies de bebita!
El estupor de aquellas gentes marcó un antes y un después. De repente, todos aquellos incas criollos se me acercaban con reverencia, en los ojos de las mujeres había un cierto deje a envidia, en los de los hombres vaga lujuria. Me rodearon conservando una respetuosa distancia, como si el poder de la belleza les mantuviese en posición de adoración Todos miraban mis desnudos tobillos, todos babeaban ante mis ahora cohibidos pinreles, el uno al ladito del otro, asombrados ante tanta expectación. La verdad es que ellos, mis pies, se sentían como si respiraran por vez primera, como si fuesen bebés que aspiran hondo recién salidos del útero, como si les hubiese tenido empaquetados toda la vida. Me sentía de forma similar a la que puede sentirse una chinita cuando la despojan de sus vendas miniaturizantes, mis pies se desperezaban después del largo, larguísimo invierno de botas de montañera, calzado habitual de mi primera juventud.
Ante tan gran expectación, dirigí mi mirada hacia esos pequeños apéndices de piel blanca transparente, esos piececitos talla 37 de dedos perfectamente alineados como cinco hermanitos de madre fértil, los miré como si los viese por primera vez. Me sonreí ante su fragilidad.
-Pobrecitos, pensé.
Toda esa gente de piel curtida y pies trabajados admiraban el desuso de los míos como si fueran obra del spíritu Santo. Entonces me fijé en mis uñas de brillo natural, limpias, transparentes al rosa de la carne, observé el empeine delicado de epidermis tan leve que pareciera que una pluma podría rasgarla y sentí algo así como una soberbia interior, como un ligero sentimiento de superioridad y poder.
Entonces una morena se me acercó, con su mirada azabache pidió permiso a mis ojos para tocar mis pies. Accedí sumisa sin saber muy bien qué. Los tomó con ambas manos por el talón, primero uno, luego el otro:
-¡Qué lindos!, dijo, y luego me aconsejó: no los muestre usted, señorita, son un tesoro que solo un amante debe poder desnudar.
Y la morocha sacó de debajo de su pollera colorá unas delicadas babuchas de fina lana trenzada, con pequeños dibujos bordados en miniatura. Tenían suela de cuero pulido con unas palabras talladas en idioma desconocido, quizá quechua. Se anudaban desde atrás con unas cintas estrechas de mil colorines alzándose tobillos arriba, subiendo hasta la pantorrilla. Eran muy escotadas y dejaban ver las diminutas rayitas que forman la unión de un dedo con otro. Las sandalias que la sáfica me vestía provocaron un grito de júbilo entre la gente que se arremolinaba, siempre a distancia prudencial. La mujer me calzaba con sumo cuidado, teniendo mucha precaución en que la tela se ajustase perfectamente a mi piel. Daban un aire divino a la parte más inferior de mi cuerpo. Con esas babuchitas de princesa podía verme como una novia india el día de su desfloración, podía imaginarme danzando desnuda a la luz de la luna del Machu Pichu, podía verme en una desenfrenada danza tribal a punto de ser poseída por cada uno de los machos jóvenes de poblado, o quizás por el más fuerte de todos ellos. Con ese exquisito calzado mi fantasía volaba y podía ver mis pies siendo paseados en parihuela de juncos llevada por quince mozos fornidos en taparrabos. Dentro de esos zapatitos de reina faraónica podía ser cualquier cosa que me propusiese.
Entonces la mujer me sonrió mostrando todos sus dientes blancos y despacito, muy calmadamente, fue desenlazando lo que antes había entrelazado y me desprendió de lo que ya se había convertido en el objeto de deseo más preciado. Me los quitó y se los volvió a guardar bajo la voluminosa falda y tuve que ser testigo de mi propia humillación al calzarme delante de toda esa gente mis calcetines blancos y mis deportivas de marimacho.
Desde ese día he aprendido a valorarme, cualquiera puede ver mis pies bellamente vestidos, soy una sibarita del buen calzar sin caer en la estupidez de caminar incómoda por ello, es decir, los altos tacones empinados, tan solo los uso para lucir en horizontal, pero no se crean, solo unos pocos elegidos son los que pueden desnudarlos, y pocos, muy poquitos, los que admito que les acaricien con sus manos, que les besen con sus labios, que les laman con sus lenguas o que les rieguen con sus fuentes.
Guay
El relato que sigue lo escribí en gallego, si quieres leerlo en versión original, pincha aquí
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GUAY
Antía estudió Empresariales pero tal y como está la cosa aún no encontró trabajo. A veces se desespera aunque ella es de natural optimista y, siempre que le preguntas, ella responde: “guay”.
-¿Qué tal la entrevista?
-¡Guay!
-¿Cómo te fue el viaje?
-¡Guay!
-¿Qué tal la última de Almodóvar?
-¡Bastante guay!
La ropa que le gusta le queda “guay”; sus amigos son “guays” y, si hace sol, ese día es un día “guay”.
Pero cuando Antía repite, triplica y multiplica su muletilla verbal es cuando su novio le obsequia con placer oral.
Resulta impresionante escucharla con esa expresividad lingüística sucinta, combinando la palabrita de marras con diferentes gestos y diversos niveles de volumen. Antía con las piernas abiertas y los ojos cerrados, reconcentrada en las sensaciones de su coñito vocaliza:
-¡Guay!… ¡GUAYYYYYYY!!! -Ggggg UUU AAA YYY -gggg uaaa yyyy
Cuando por fin Antía calla, el novio levanta la cabeza entre sus rodillas -los labios goteando- y pregunta:
-¿Qué tal, cómo fue?
Ella, invariablamente, responde:
-¡Guay!
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La imágen que adorna el relato la he puesto porque no encontré una donde fuera el hombre el que proporciona este tipo de placer a la mujer y a ella se le viera tan expresiva exclamando algo que bien puede ser la traducción de la palabra guay.
Esta escultura está en éste interesante parque temático.
Uno de mis relatos eróticos encuentra novia
¡Ay! Qué contenta me pone encontrar una imágen adecuada para alguno de mis cuentos.
Ayer encontré una que casa como anillo al dedo con mi “Bolita”. Desgraciadamente desconozco la autoría del pintor, pero es fantástico que alguien pincelara mis palabras sin haberlas leido, quizá antes de haber yo nacido. He cambiado la imagen que tenía por esta nueva, mirad: Bolita
Si alguien sabe de quien se trata, por favor, compartidlo.
“Putas de Fin de Siglo” Miguel Angel de Rus
He hecho la reseña de éste libro porque me lo ha pedido Celia Santos para colgarlo en su blog literario Mas que palabras y porque además me lo regaló, pero no porque lo considere erótico, pese a que forme parte de la colección Incontinentes de novela erótica de “Ediciones Irreverentes”.
Hoy lo cuelgo en mi blog porque estos días Irreverentes cumple diez años y estoy agradecida a esta editorial, como a las otras que se animan a publicar erotismo -que no son tantas-. Desde aquí mi felicitación.
Y bien, “Putas de Fin de Siglo”, pese a su sugerente título y su portada de una mujer elegantemente vestida en lencería no me ha calentado: ni sentí humedades en mi cuerpo ni llevó a mi mente a lugar cálido alguno. Lo clasificaría como “narrativa satírica basada el tema sexual”, castizamente satírica, masculinamente satírica, con episodios demostrativos de la inteligente mirada del autor.
De Rus hace un análisis de distintos tipos de mujeres que él gusta de llamar
putas: la puta intelectual, la puta estrella de pop, la puta útil, la discreta, las dominicanas… y viene a decir, jocosamente, que en esta sociedad todos nos prostituimos de un modo u otro. Leer más »
Copio un párrafo en el que explica sobre la puta telemática:
Cita a ciegas, esta vez sí
Dicen las buenas costumbres que el hombre ha de cederle el paso a la mujer en todas las situaciones salvo en una: al subir escaleras, porque si ella lleva un par de peldaños de adelanto, las posaderas femeninas quedan a la altura de la mirada indiscreta de él y esto puede abochornar a la señora. Pues bien, él me cedió el paso escaleras arriba y yo no me sentí abochornada ni siquiera cuando las yemas de sus dedos rozaron mi pierna falda arriba. El cosquilleo nervioso que erizó mi piel me aseguró que la química funcionaba y ya mi cuerpo respondía ¡Ay qué dicha! Mi cuerpo se encendía con vivas llamaradas. Y el de él.
No me voy a enrollar explicándoos como se sucedieron las entradas y salidas
que acometimos, las humedades y las posturas; la anatomía humana es la que es y todos conocemos ya la mecánica de la cópula, pero sí diré que su pene resultó ser muy inquieto y ergonómico, que el señor se soltó con soltura, con desparpajo en mi piel y que el encuentro fue chupado: una naturalidad pasmosa, teniendo en cuenta que nos habíamos visto las caras por vez primera hacía no más de diez minutos y que esto era una extravagante fantasía cosida con letras e ideas.
Me regaló fuegos artificiales y yo se los regalé a él. No me resultó difícil abrir mis piernas, frotar mi pubis con el suyo, entregarle mis senos, ofrecer mi lengua, pero … mi mirada permaneció tímida, el contacto ojo con ojo es el más íntimo de los contactos: mi alma me la reservo.
Disfruté de la compañía, me lo pasé bomba y aunque la cita fue a ciegas, casi me quedo bizca.
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(Aquí os conté un intento fallido)
San Antonio milagreiro.
Hoxe no santoral celébrase san Antonio. Qué boíño san Antonio!
Disque se tes necesidade diso que posúen os homes -ai!- e as mulleres non temos, se pregas para conseguir aquelo cóncavo que encaixa co noso convexo, o santo cho concede. Non hai moitos empregados de Deus que intercedan por unha cando a fame está debaixo do embigo, i é de agradecer.
A mesma Rosalía de Castro pregáballe:
Meu santo san Antonio
Daime un homiño
Anque o tamaño teña
Dun gran de millo.
Yo, Silvia. Cuento erótico feminista al más puro estilo machista.
(La fantasía que sigue ha sido elaborada para exorcizar a la anterior).
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Silvia
Soy Silvia, emperatriz adorada por mis súbditos y temida por mis enemigos. Veinte años hace que cumplí cincuenta, pero mi juventud está salvaguardada bajo gracia divina -que inspira desde las alturas a mi equipo de imágen y estética-.
Combino mis funciones de mandataria presidencial con un ocio exquisito en el que sólo caben el lujo y la belleza. Me gusta rodearme de jóvenes hermosos y simpáticos, adonis que alegran mi vista y a veces también mi tacto. Bambinos de cuerpos esculpidos que se entusiasman ante mi presencia, me sonríen, adulan y cortejan. Ellos saben que soy generosa y complaciente con los que me son fieles y aquellos que me caen en gracia llegarán a ser ministros, o directores de judicatura y tendrán el privilegio de sentar sus culitos en mi regazo.
A mis amigas, poderosas hembras maduras, las agasajo en mi palacio.
En mis jardines de piscinas y varoniles cuerpos bronceados. Es muy placentero observar cómo se divierten, aquí son, como yo, diosas y ejercen sus derechos. Afuera queda la pesadez de esforzarse por ser apetitosos pastelitos. Si les place mostrar su pubis peludo, selvático y chorreante, sea. Aquí el postre lo sirvo yo y ellas tienen potestad para degustar cuanto deseen.
No han de preocuparse en complacencias: ellos siempre son amables. Ellos siempre, siempre, siempre sonríen.








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