Archivo de mayo, 2009
Mayo: adiós mayo
Este mes de mayo, además de algunos orgasmos a título personal (que ya os iré contando) he mantenido mi ritmo de posts, lo cual me trae muy contenta.
Mi reflexiones vinieron de la mano de la posibilidad de que un solo hombre dispusiese de dos penes, y de lo estupendas que son las erecciones de los varones de buen corazón y la maravilla de que el sexo asome en cualquier esquina. También conté algunas batallitas y confidencias: mi gusto por mirar, mi ilusión de un encuentro a ciegas. Además disfruté recreándome en la sensualidad de Jorge Amado, y de la lubricidad de Sandra Uve.
Comencé a traducirme a mí misma, del gallego al castellano, de modo que algunos cuentos podeis leerlos en ambas lenguas: peluquera, perruqueira, O señor Edelmiro y El señor Edelmiro. Y uno dedicado a los amos de casa, en este caso exclusivamente en gallego: don Limpo
Además, en el xornal Certo hice promoción del festival Eros que se celebra en A Coruña el próximo fin de semana.
Tuve también mi rato de oración y de descripción extática.
Mayo se va, nadie dijo que fuese eterno, pero si Afrodita me infunde su energía mi intención es seguir disfrutando de junio, julio y agosto.
Relato erótico: los pechos de la peluquera
Éste cuento lo he escrito en gallego, a los que les guste leer en esta lengua, les recomiendo que pinchen aquí y lo lean tal y como fue concebido. Para los que prefieren fantasías en castellano:
.
.
.
Luísa, la peluquera bien organizada.
Bien sabido es que tan importante como el estilo al cortar el pelo, son los senos de las peluqueras. Queramos o no, nos fijamos porque quedan a la altura de los ojos y ciegos no estamos.
Eso lo sabe bien mi amiga Luísa -¡qué lista que es!- que puso peluquería propia y el negocio le funciona de maravillas.
Luísa y sus empleadas visten cómodas en el trabajo: pantalón flojo de algodón negro, camiseta blanca ajustada -pero no ceñida-, zuecos en los pies. La camiseta lleva el logotipo de la empresa en el lateral izquierdo y escote redondo sin exageraciones.
A Luísa le gusta atender personalmente a los hombres que visitan su local y lo hace con amabilidad sucinta.
- Buenas tardes. Pase por favor, acomódese para lavar el pelo.
Cada vez más varones acuden a la peluquería de Luísa por el masaje que ella ofrece al enjabonar: calmado, con las yemas de los dedos, un poco mas firme detrás de las orejas, con las palmas en la nuca.
Al terminar Luísa encara al cliente de pelo mojado:
- Ya se puede levantar.
La peluquera -¡qué espabilada es!- cosió en su sostén dos pequeños bolsillitos a la altura de los pezones, y cuando termina de lavar la cabeza de los hombres, discretamente introduce en esos bolsillos dos garbancitos rechonchos: uno en el derecho, otro en el izquierdo. Dos protuberancias que no les pasan desapercibidas a los hombres cuando ella se situa frente a ellos después del relajante masaje.
- ¿Me acompaña?, les invita.
Nimiedades a parte, Luísa hace su trabajo muy profesional cortando a tijera
o navaja y procura no entablar conversación. Luísa es seria: sonrisas, las justas, y nada de jugar a ojitos, nada que indique deseo sexual salvo esas ostentosas pelotitas que tienen delante de las narices los agradecidos clientes.
Luísa se concentra en la cabellera y los garbanzos hacen el trabajo de resultarle encantadora a los hombres, que marchan complacidos y por regla general siempre dejan buena propina (aunque hay de todo).
Jorge Amado. Doña Flor y sus dos maridos
(Esta entrada fue colgada en mayo del año pasado. Debido a un ataque de spam que me trae loca, la he eliminado y la vuelvo a colgar, el libro es excelente, sigue siendo excelente. Sólo me apena prescindir de los comentarios que tenía. )
Doña Flor y sus dos maridos es una novela que, sin pertenecer estrictamente al género de literatura erótica, me resulta tremendamente excitante.
Jorge Amado, insigne escritor brasileño, presenta la sociedad bahiana mestiza en una sensualidad de curvas y sabores de la mano de doña Flor, mujer ardiente aunque llena de contradicciones y prejuicios, que crece en las relaciones íntimas como tantas de nosotras, desde un pudor ardiente a una entrega febril. Me impresiona el conocimiento y la empatía del autor sobre la
mente femenina y sus voluptuosidades, con las que se recrea maravillosamente bien. Las escenas íntimas están contadas con tanta gracia y buen hacer, que durante la lectura de esta magnífica historia pude meterme en la piel de Flor, vivir sus emociones y pasiones y disfruté muchísimo. Tuve la sensación de haber hecho nuevos amigos, haberme enamorado, haber sufrido de celos y haber estado presa de esa pasión lúbrica que producen los encuentros sexuales con nuevas pieles.
Copio un párrafo de un encuentro sexual de doña Flor con su primer marido, Vadinho, un calavera encantador, amante de primera.
Leer más »
Oración
Doy gracias por mi tacto, por poder sentir la dureza de la verga entre mis manos.
Doy gracias por mi olfato que me permite absorver la esencia invisible de la verga que sostengo entre mis manos.
Doy gracias por la vista, y con ella, la posibilidad de mirar esta verga perfumada que sostengo entre mis manos.
Doy gracias por tener sentido del gusto, y con él, la suerte de saborear esta verga perfumada, que miro, paladeo y sostengo entre mis manos.
Doy gracias por mi oido que me permite escuchar los sonidos acuosos de esta verga perfumada, que miro, paladeo y sostengo entre mis manos.
Y doy las gracias, emocionadas gracias a la vida, por dotarme de fantasía e
imaginación para, en caso de no disponer de la hermosa verga perfumada, de sonidos acuosos que miraría, paladearía y sostendría entre mis manos … disfrutarla de igual modo (o casi).
Ponme La Mano Aquí. Sandra Uve
El libro de Sandra Uve me parece un tratado sexual ameno y desenfadado de
tinte didáctico y tono casi infantil, con graciosos dibujitos más picarones que con carga erótica.
Destaco, más que los consejos y confidencias de la protagonista Romina, los chateos de las “sucettes”, amigas que utilizan la red para hablar de sexo.
Parece que sigue sorprendiendo y dando morbo que las mujeres nos confesemos gustos y preferencias íntimas. Es un argumento muy utilizado en la literatura erótica: dos o más chicas cuchicheando aficiones, fetiches, perversiones… normalmente solían narrar estas confidencias utilizando las manos y las lenguas para enseñarse, tumbaditas en algún diván o cama para mejor adiestrarse unas a otras, pero Sandra Uve prefiere colocar a las amigas frente a la pantalla y con el teclado en la mano.
Copio un ejemplo ilustrativo:
Leer más »
Relato de la sensualidad del señor Edelmiro (y Manolito)
(El relato que sigue lo he escrito en gallego. A los que gusten de leer en esta lengua les aconsejo que pinchen aquí y lo lean tal y como fue concebido).
.
.
El señor Edelmiro.
A Edelmiro lo que más le gusta es el pescadito frito, la tortilla de patatas con chorizo, que gane el Dépor, y que el chochito de su mujer haga chof-chof.
Me explico: el pescado frito no le gusta todo por igual, muestra preferencia por la raya, por los rapantes de tamaño recortado y por los chinchos, que traga con espina, cabeza y todo.
La tortilla, bien hecha por fuera y cruda por dentro, con el huevo deshecho, igual a la textura que le chifla encontrar en la almeja de Mari Luz, que parece sequita, pero al explorar un poco con los dedos o con “Manolito” (Edelmiro bautizó a su pene como Manolito), siempre encuentra una pulpa jugosa que hace las delicias de Edelmiro y de Manolito.
Miro se siente afortunado con esa rosa calentita, esa fuente de miel que Dios le dió a su mujer y ella -¡Princesa!- le presta:
- ¡Tienes el coñito más generoso del mundo!, dice Edelmiro, pese a que sólo conoció otro y de eso hace tantos años que ya no se acuerda.
¡Ay! Cómo le gusta a Miro escuchar el chof-chof que hace Manolito al entrar y salir del pozo líquido de su esposa. Se siente muy orgulloso, como si fuera mérito propio, exactamente igual que cuando gana el Dépor, que también lo vive como un triunfo personal, sobre todo cuando mete goles en casa y va carretera alante tocando la bocina, dando el coñazo a los que no somos tan futboleros.
La erección de los hombres buenos
Me atraen especiamente los empalmes de los hombres buenos, las erecciones de los caballeros de alma generosa en cuyo pecho puedes apoyar la cabeza confiada.
Me interesan las durezas firmes -como roca- de esos tipos íntegros que si te ven en apuros te echan una mano, pero no sólo son amables y serviciales con la mujer bonita, eso lo hace cualquiera, sino también con la vieja borracha y sucia…
No me interesan las pililas infladas de los presumidos de galantería pomposa que todo su mérito radica en que te dejan pasar delante, si no aquellas pollas turgentes de los que regalan, desinteresadamente, su tiempo y su energía.
La verga tiesa y brava de los hombres de buen corazón. No sabeis hasta que punto son estupendas esas mandungas generosas, espléndidas.

El "antimodelo" Toni Ward fotografiado por Patrick Hoelck. No sé si es un buen tipo, pero aquí lo parece (desgraciadamente, no conozco su pene).
sexo por doquier
¿Es cosa mía o hay manifestaciones sexuales hasta en la sopa?
El pitorro del seguro del coche cuando se abre con el mando ¿no es fálico saltando tan indecente?, el jabón de manos al que hay que apretar para que suelte el chorillo, ¿no semeja una eyaculación masculina? Y el café, cuando por fin sale a borbotones… ¿no es orgásmico?
El acto de enchufar, el de regar con la manguera, ¡meter el churrito en el chocolate!
Por no ir a lugares comunes de la frutería, como el pepino, el calabacín, o de la pescadería: las almejas, los mejillones y demás vulvas. O de la carnicería: los chorizos, salchichones y longanizas…
¿No es acaso tremendamente lascivo el freno de mano de los coches que se toma a mano llena y se yergue sin pudor?, ¿no es sospechosamente perversa la llave que entra en la cerradura? ¿no es obsceno el descorche de vino y no digamos el de cava?
¿me paso?
fin de fiesta
¡Qué ímpetu llevas! Cabalgando mis costas, fiera pareces, que no hombre cabal.
¡Qué briosa voy! … ¿Me ves? Meneo mis caderas que miras desde ahí atrás. Mis fluidos suben y bajan y tú rebufas.
Todo mi pubis está resbaloso, todo tu pubis pegajoso.
Me giro para verte de frente, para que me veas, para que nos veamos y nos acordemos que somos tú y yo. Abro piernas y brazos como una flor.
Mi cara está ahora sin misterios, carnal, no tan bella…pero ¡tan bella! Me sonríes de lado, te sonrío de frente.
Quieres quedar bien, quieres quedar como un machote y me zumbas a placer ¡Cómo te gusta esa velocidad! Yo también la gozo pero no pierdo la conciencia, todavía no pierdo la cabeza. Sin embargo, meneo mis caderas como endemoniada, gimo exageradamente.
Esos ¡ayes! hacen que ambos perdamos la concentración pero es un juego y creo que te la pone todavía más dura. Está a reventar tu hermosa verga, toda roja e inflamada.
Golpeas con brío, parece que quisieras fecundar a todas las mujeres en mí. Ya voy perdiendo los sentidos y me vuelvo más exigente. Te agarro los hombros fuerte, casi te clavo las uñas pero ni te enteras, ni me entero. Ahora tú bufas, gruñes y rechinas los dientes porque estás a punto de olvidarte de ti y sabes que anticiparte a mí sería una rendición.
Ya respiro como si me faltara el oxigeno, como si me fuese a dar un síncope, hasta que comienzo a decir palabras inconexas con poco sentido gramatical y con pinta de ser groserías o palabras de amor.
Y ya, sin más dilación.
Después de un rato sale de mí tu pene derrotado.
Soy voyeur, y a nadie molesto.
Hace un tiempo, el planazo de mis sábados y domingos era ir a practicar el amor en el coche, a falta de un lugar más confortable. Mi chico y yo le teníamos las medidas tomadas y nos acoplábamos muy bien, logrando variedad en las posturas, inovación, etc.
Solíamos ir a un lugar de monte tácitamente dispuesto para tal fin, y los vehículos, respetuosos unos con otros, dejaban unos espacios entre sí de tres metros mínimo, para asegurar la privacidad.
Corría la leyenda de que había mirones en la zona y eso indignaba mucho a mi pareja y a otros habituales … ¡pobre si pillaban a alguno!
- Como vea a alguno espiando, ¡lo fostio!, campaneaban los machotes.
Yo me callaba, nada decía porque ya de aquella era una voyeur en ciernes. Con la disculpa de salir a hacer pis, me acercaba a los otros coches e intentaba echar el ojo, pero qué va, nada se veía salvo alguna sombra o movimiento, todos tomaban, muy castamente, sus precauciones: dejar que se empañaran los cristales, parasoles en los parabrisas,…
Si era cierta la leyenda y había tipos que a escondidas espiaban, muy imaginativos debían de ser, y fantasiosos, unos poetas al fin, porque si su objetivo era ver una fornicación sin más lo tenían mucho más fácil bajando porno o yendo a un club. Pero ellos arriesgaban para encontrar el placer de calidad.
En Francia hay bosques y playas donde son bienvenidos estos amantes de la cópula en directo, donde a los enamorados no les molesta mostrar su pasión, donde se respeta ese gusto por observar la coyuntura desde la pura verdad, no la pantomima de unos actores y actrices.
Yo, si hubiera tenido del valor de hacerlo, hubiera pegado mi nariz al cristal de alguna ventanilla, pero nunca lo hice, sin embargo facilitaba la labor a esos fantasmagóricos mirones por los que sentía franca simpatía y no me andaba con tanto melindre para esconder mi fiesta. Sinceramente: ojalá alguno la haya disfrutado.
Ser mujer y voyeur me tiene algo confusa: no conozco a otras, ignoro si hay precedentes femeninos, aficionadas como yo a disfrutar del goce ajeno, no hay escuela ni dispongo de ídolo a la que emular.
¿Soy tan rarita?








RSS




