Erotómana

SusanaMoo

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Archivo de abril, 2009

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“Eso No” de Marcelo Birmajer

Publicado por SusanaMoo
12 abril, 2009

Con  los seis relatos que componen el libro “Eso No” me he reido a pierna suelta y he disfrutado muchísimo.

Marcelo Birmajer borda en este libro – número 123 de La Sonrisa Vertical- la comedia sexual

"El lado oscuro" China Hamilton

"El lado oscuro" China Hamilton

centrada en la penetración anal, sin hacer ascos a otro tipo de penetraciones o estimulaciones.

Está escrito de modo brillante, con amplias dosis de ironía e inteligencia y recomiendo su lectura tanto a los que gustan del encaje “antinatura” como a los que prefieren otros acoples, pero gustan del género erótico como descorchador de las fantasías sexuales humanas, casi siempre tan interesantes.

Copio una pequeña muestra:

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Caritas romana

Publicado por SusanaMoo
9 abril, 2009
"Caritas Romana" Pasinelli, 1650

"Caritas Romana" Pasinelli, 1650

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Hoy me siento sexualmente compasiva, me embarga una sensualidad dadivosa, tan femenina. Hoy mi placer está borracho de generosidad, del gusto que supone ofrecer la propia piel en un afán de nutrir el espíritu de otro en situación carencial.

"Cimon y Pero" Rubens, 1612

A veces es sublime entregarse como acto de caridad, convertir el cuerpo en alimento espiritual, realizando la fantasía de ser monjas de la pasión, prostitutas de la ternura.

De hecho, me ronda desde hace tiempo la idea de formar una ONG dedicada al acompañamiento de

"Caritas Romana" Jean Baptiste Deshays, 1838

"Caritas Romana" Jean Baptiste Deshays, 1838

hombres y/o mujeres que no atinan a disfrutar de los placeres sensuales.

Trabajaríamos con seriedad estudiando cada caso, contaríamos con sexólogas y psicólogas y actuaríamos en grupo respetando nuestros propios límites, por ejemplo, seguro que a muchas nos encantaría ofrecer nuestros pechos a los necesitados, pero no estaríamos tan convencidas a la hora de entregar ambas bocas.

En fin, si alguien se apunta que se ponga en contacto conmigo y matizamos los estatutos.

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Historia erótica de Carmen, la de la peineta.

Publicado por SusanaMoo
6 abril, 2009

Carmen es de las de toda la vida en la cabecera de la procesión del Cristo, con su cirio en la mano, sus tacones firmes y el paso lento. Hay que quitarse el sombrero ante Carmen con su peineta y el mantón colgándole  desde el moño por la espalda, con su vestido de raso azabache, un pelín más embutido que años atrás, pero sin desmerecer en porte y clase.

Su esposo, don Julio, va detrás con los caballeros y el estandarte, de riguroso luto, con su corbata y su pañuelo bordado.  Les encanta este día de jueves santo, sobre todo por la dignidad del acto. A Julio, además, se le cae la baba mirando el regio caminar de Carmen y ella la goza luciéndose por el pueblo tan emperifollada, que hay que abrirle paso, la mejor dispuesta de las cinco damas que presiden la comitiva, porque cómo engordó la señora de Hernández, y lo vieja que se puso la de Henríquez. La viuda de Dieguez luce guapa también, pero la falda entubada del vestido no le marca las posaderas como a Carmen, ¡hay que ver cómo luce Carmen!

La sobriedad de la procesión, interminable, deja al matrimonio exhausto y en cuanto encierran al Cristo en la catedral, se van a casa, afortunadamente a solo treinta metros, en pleno centro.

Carmen se mira al espejo de la entrada y se encuentra soberbia, ¡hay que ver qué divina una mujer con peineta!, piensa Carmen, y añade: si se sabe llevar.

- Estoy muerta!, le dice a su esposo y se voltea frente a él para que le ayude a bajar la cremallera del vestido.

Don Julio, desciende esa cremallera sin decir palabra. Y Carmen se deshace de su vestido por abajo, todavía con la mantilla colgándole a la espalda porque siempre retrasa el momento de quitársela, que la da pena, con el trabajo que le supone ponerla, con el moño perfecto. Es una vez al año y alarga el momento todo lo que puede.

Su sostén es regio, de encaje y aros, que yerguen divinamente sus carnes de blandi-blú.

Las medias son de cintura, es una pena, lucían mejor los ligueros, pero el año que los llevó se le rozó toda la cara interna de los muslos por el sudor y ni hablar, lo primero es la comodidad.

- No puedo con los pies, dice Carmen, consciente de que en cuanto se quite los zapatos será imposible volver a calzarse, de lo hinchados que los tiene.

- Siéntate, yo te descalzo, dice don Julio, con la voz un poquito ronca.

Su esposa accede, se recuesta en la butaca y extiende los pies. Él, todavía con su traje de chaleco, su camisa almidonada y sus zapatos acharolados, se arrodilla y besa los pies de Carmen vestidos, luego le saca uno, despues el otro y lame con la puntita de la lengua por encima de las medias.

- ¡Ahh, qué encanto!, dice Carmen, levantándose un poco pesadamente y bajando las medias desde la cintura con sumo cuidado para no dañarlas. Su esposo arrodillado frente al taburete la mira desde abajo como en éxtasis religioso. Carmen lleva una braga- faja negra que le aprieta muchísimo y suspira al quitársela.

- ¡Qué bueno!, y se deja caer en la butaca, conservando el sujetador, ella sabe porqué.

Don Julio no cabe en sí de lo dichoso, quién les diera a otros hombres disponer de una mujer como Carmen. Julio besa los pies ahora desnudos de su mujer y ésta gimotea agradecida.

- Los tacones matan a una.

- Yo te curo, Carmencita, dice Julio, y masajea los doloridos tobillos de su esposa, y las plantas, un poquito sudadas, sube por las pantorrillas y se demomora en las rotondas rodillas. Carmen, con los ojos cerrados recibe el tributo. Don Julio asciende muslos arriba ahora con rapidez, con la ilusión de alcanzar el fruto maduro de su esposa.

- Ay, hijo, siempre buscas lo mismo, dice, pero ni se mueve, o mejor, abre imperceptiblemente la piernas para dejar paso.

Don Julio, antes de alcanzar la flor de sus amores, alza la cabeza:

- Es que tú, Camen, eres una santa, pero tienes cuerpo de María Magdalena.

Maja desnuda de Max Cantrell

Maja desnuda de Max Cantrell

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9

Erotismo de la mujer Deméter

Publicado por SusanaMoo
2 abril, 2009

Sara era eminentemente una madraza de belleza vacuna: pechazos grandes y lechosos, boca mansa, grupa anchota.

Pedro era eminentemente dependiente, con personalidad frágil y estructura corporal de cortas dimensiones.

Se gustaron y se casaron. El ansia de Sara por ser madre se  materializó pronto y el sexo prácticamente desapareció durante unos años. Sara se deleitaba mimando a sus bebés y Pedro se conformaba.

Los hijos fueron creciendo y regresó de golpe la sexualidad marital, repentinamente abrupta, con muchísima más vehemencia que antaño. Pedro y Sara comenzaron a pasarlo bomba, consiguieron aunar sus motivaciones en una sensualidad acorde con sus impulsos vitales.

Sus episodios amorosos seguían un patrón marcado y no admitían demasiadas variantes. Habían llegado a esas prácticas por puro instinto. Al principio les causaba pudor alcanzar el placer del modo que lo conseguían, pero ya no. Qué  va, entre ellos estaba claro y era fácil ¡Cuan hábiles y desprejuiciados actuaban los ya talluditos Sara y Pedro!

Cada noche Sara se recostaba en los almohadones de la cama con el camisón puesto, un escotado camisón de puntilla blanca anudado con lazos de raso al pecho. Él dormía con pijama de felpa bien abrigadito.

Pedro besaba en la mejilla a su esposa y ella le daba unas palmaditas en  la cara. Entonces sacaba a rebosar sus pechazos, dos ubres blancas símbolo vivo de la más absoluta abundancia. Pedro sonreía, timidamente agradecido. Se acomodaba para mamar, para chupar de las amplias areolas con forma de galleta maría, con esos grandes pezones enhiestos del tamaño de castañas que se le ofrecían.

Buscaban la comodidad y se tomaban su tiempo. Pedro se recostaba en el regazo de ella con los ojos cerrados y ella le miraba chupar con una dulce sonrisa de complacencia.

Mientras Pedro mamaba el pezón derecho, jugueteaba con el izquierdo entre sus dedos, avariciosamente feliz.

Con mucha dulzura, Sara alcanzaba el pene chiquito, aunque bien duro de su marido y lo masajeaba arriba abajo, muy cariñosamente.

A medida que Pedro se excitaba más y más, chupaba babando toda la mama y haciendo sonidos de chupón, revolviendo el pezón con la lengua, todo emocionado.

Sara parecía mantener la compostura con su cara de buenaza, hasta que de repente daba unos cuantos suspiros profundos que hacían que sus carnes rebotasen. Esos gemidos reprimidos significaban que su placer había llegado, entonces él se abandonaba también sin soltar de su boca los tetos saciadores de la hermosa Sara.

A ella le gustaba después limpiarle.

Anne Marie en "Beneath the Valley of the ultra vixens" de Russ Mayer. Toamdo de "The Big Book of Breast".

Anne Marie en "Beneath the Valley of the Ultra Vixens" de Russ Mayer. Tomado de "The Big Book of Breast".

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