Erotismo de la mujer Deméter
Sara era eminentemente una madraza de belleza vacuna: pechazos grandes y lechosos, boca mansa, grupa anchota.
Pedro era eminentemente dependiente, con personalidad frágil y estructura corporal de cortas dimensiones.
Se gustaron y se casaron. El ansia de Sara por ser madre se materializó pronto y el sexo prácticamente desapareció durante unos años. Sara se deleitaba mimando a sus bebés y Pedro se conformaba.
Los hijos fueron creciendo y regresó de golpe la sexualidad marital, repentinamente abrupta, con muchísima más vehemencia que antaño. Pedro y Sara comenzaron a pasarlo bomba, consiguieron aunar sus motivaciones en una sensualidad acorde con sus impulsos vitales.
Sus episodios amorosos seguían un patrón marcado y no admitían demasiadas variantes. Habían llegado a esas prácticas por puro instinto. Al principio les causaba pudor alcanzar el placer del modo que lo conseguían, pero ya no. Qué va, entre ellos estaba claro y era fácil ¡Cuan hábiles y desprejuiciados actuaban los ya talluditos Sara y Pedro!
Cada noche Sara se recostaba en los almohadones de la cama con el camisón puesto, un escotado camisón de puntilla blanca anudado con lazos de raso al pecho. Él dormía con pijama de felpa bien abrigadito.
Pedro besaba en la mejilla a su esposa y ella le daba unas palmaditas en la cara. Entonces sacaba a rebosar sus pechazos, dos ubres blancas símbolo vivo de la más absoluta abundancia. Pedro sonreía, timidamente agradecido. Se acomodaba para mamar, para chupar de las amplias areolas con forma de galleta maría, con esos grandes pezones enhiestos del tamaño de castañas que se le ofrecían.
Buscaban la comodidad y se tomaban su tiempo. Pedro se recostaba en el regazo de ella con los ojos cerrados y ella le miraba chupar con una dulce sonrisa de complacencia.
Mientras Pedro mamaba el pezón derecho, jugueteaba con el izquierdo entre sus dedos, avariciosamente feliz.
Con mucha dulzura, Sara alcanzaba el pene chiquito, aunque bien duro de su marido y lo masajeaba arriba abajo, muy cariñosamente.
A medida que Pedro se excitaba más y más, chupaba babando toda la mama y haciendo sonidos de chupón, revolviendo el pezón con la lengua, todo emocionado.
Sara parecía mantener la compostura con su cara de buenaza, hasta que de repente daba unos cuantos suspiros profundos que hacían que sus carnes rebotasen. Esos gemidos reprimidos significaban que su placer había llegado, entonces él se abandonaba también sin soltar de su boca los tetos saciadores de la hermosa Sara.
A ella le gustaba después limpiarle.

Anne Marie en "Beneath the Valley of the Ultra Vixens" de Russ Mayer. Tomado de "The Big Book of Breast".
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Comentarios
[...] Susana Moo.Sigue leyendo en http://www.susanamoo.com/2009/04/erotismo-de-la-mujer-demeter/ [...]
jajaja ¡qué bueno! estos instintos maternales que bien le vinieron por fín al pequeño maridito.
¡puro incesto, lo suyo!
Unha boa mistura de tetas grandes con pirola pequena con aditamentos “electrianos”.
Decía alguén, en perfecto castrapo, que “la grande le presta, la grosa lle presta e con la pequena faise a mesma festa”.
(Outro día cóntoche un conto que me lembrou o do amamantamento do fillo/home)
Joder, e que me poño nervioso nada máis cruzar o dintel do teu blog!!. Dixen mal o dito; e polo tanto repito: “La grande le presta, la grosa lle testa e con la pequena…”…pois iso da festa.
O conto…outro día; que agora este post xa quedou demodé.
Bicos
El fotograma de Russ Meyer no podría ser más adecuado. De todas formas Meyer ya está pasado y no erotiza demasiado. Vi VIXEN en la colección cine erótico que da El País y funciona como película de humor. Habría que analizar esa obsesión por el pecho grande de USA y de la Italia de postguerra con las maggiorattas.
El libro “The big brest book” editado por Taschen, hace un análisis bastante completo sobre esa obsesión.
Meyer me gusta, y es cierto funciona como humor, pero es que me chifla la risa en lo erótico.
Gracias por comentar Jose Luis.
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Buena historia.
Oye, Susana, y ya vi que los de Ediciones Irreverentes te consideraron, felicidades.
Besos,
Jorge