Historia erótica de Carmen, la de la peineta.
Carmen es de las de toda la vida en la cabecera de la procesión del Cristo, con su cirio en la mano, sus tacones firmes y el paso lento. Hay que quitarse el sombrero ante Carmen con su peineta y el mantón colgándole desde el moño por la espalda, con su vestido de raso azabache, un pelín más embutido que años atrás, pero sin desmerecer en porte y clase.
Su esposo, don Julio, va detrás con los caballeros y el estandarte, de riguroso luto, con su corbata y su pañuelo bordado. Les encanta este día de jueves santo, sobre todo por la dignidad del acto. A Julio, además, se le cae la baba mirando el regio caminar de Carmen y ella la goza luciéndose por el pueblo tan emperifollada, que hay que abrirle paso, la mejor dispuesta de las cinco damas que presiden la comitiva, porque cómo engordó la señora de Hernández, y lo vieja que se puso la de Henríquez. La viuda de Dieguez luce guapa también, pero la falda entubada del vestido no le marca las posaderas como a Carmen, ¡hay que ver cómo luce Carmen!
La sobriedad de la procesión, interminable, deja al matrimonio exhausto y en cuanto encierran al Cristo en la catedral, se van a casa, afortunadamente a solo treinta metros, en pleno centro.
Carmen se mira al espejo de la entrada y se encuentra soberbia, ¡hay que ver qué divina una mujer con peineta!, piensa Carmen, y añade: si se sabe llevar.
- Estoy muerta!, le dice a su esposo y se voltea frente a él para que le ayude a bajar la cremallera del vestido.
Don Julio, desciende esa cremallera sin decir palabra. Y Carmen se deshace de su vestido por abajo, todavía con la mantilla colgándole a la espalda porque siempre retrasa el momento de quitársela, que la da pena, con el trabajo que le supone ponerla, con el moño perfecto. Es una vez al año y alarga el momento todo lo que puede.
Su sostén es regio, de encaje y aros, que yerguen divinamente sus carnes de blandi-blú.
Las medias son de cintura, es una pena, lucían mejor los ligueros, pero el año que los llevó se le rozó toda la cara interna de los muslos por el sudor y ni hablar, lo primero es la comodidad.
- No puedo con los pies, dice Carmen, consciente de que en cuanto se quite los zapatos será imposible volver a calzarse, de lo hinchados que los tiene.
- Siéntate, yo te descalzo, dice don Julio, con la voz un poquito ronca.
Su esposa accede, se recuesta en la butaca y extiende los pies. Él, todavía con su traje de chaleco, su camisa almidonada y sus zapatos acharolados, se arrodilla y besa los pies de Carmen vestidos, luego le saca uno, despues el otro y lame con la puntita de la lengua por encima de las medias.
- ¡Ahh, qué encanto!, dice Carmen, levantándose un poco pesadamente y bajando las medias desde la cintura con sumo cuidado para no dañarlas. Su esposo arrodillado frente al taburete la mira desde abajo como en éxtasis religioso. Carmen lleva una braga- faja negra que le aprieta muchísimo y suspira al quitársela.
- ¡Qué bueno!, y se deja caer en la butaca, conservando el sujetador, ella sabe porqué.
Don Julio no cabe en sí de lo dichoso, quién les diera a otros hombres disponer de una mujer como Carmen. Julio besa los pies ahora desnudos de su mujer y ésta gimotea agradecida.
- Los tacones matan a una.
- Yo te curo, Carmencita, dice Julio, y masajea los doloridos tobillos de su esposa, y las plantas, un poquito sudadas, sube por las pantorrillas y se demomora en las rotondas rodillas. Carmen, con los ojos cerrados recibe el tributo. Don Julio asciende muslos arriba ahora con rapidez, con la ilusión de alcanzar el fruto maduro de su esposa.
- Ay, hijo, siempre buscas lo mismo, dice, pero ni se mueve, o mejor, abre imperceptiblemente la piernas para dejar paso.
Don Julio, antes de alcanzar la flor de sus amores, alza la cabeza:
- Es que tú, Camen, eres una santa, pero tienes cuerpo de María Magdalena.
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Comentarios
cada día escibes mejor… Me ha encantado porque consigues llevarme a ese lugar concreto y a esos personajes.
O da peineta ten un ramalazo Almodóvar.
O dos bicos nos zapatos unha pulsión fetiche.
O da mantilla (imaxínoa de encaixe de Camariñas) ten un puntazo combinado co sostén…
Pero, cajonatós, o que non che podo perdonar son as medias “de cintura” e a braga-faixa, que por moi negra que a pintes, non a salvan nin tres avemarías!!!.
Hai penitencias que nin siquera as rozaduras de cara interior de muslo poden obviarse, carallo!.
Kurioso, lo de Clinton y Mónica! uff Estupenda historia.
Zorra, ¿no me digas que eres un poco “santa Teresa”?
Me encanta llevarte, Eros, y traerte.
Sí claro, Celia, con su peineta. Con su puntilla. Tienes que probar…:)
Chousa: jajaja, ¡vamos hombre!, abre la mente a nuevos estímulos.
He descubiero una cosa buenísima Susanita …. Me aguanto, y no te visito todos los días …. Dejo que se acumullen por un tiempo, tus cuentecillos ….. Y que dicha, leerlos todos juntos!!!
Me siento feliz leyéndote ….
Besos Dulces
Muy apropiado el cuento para las fechas, Susana, y describes bien la pompa y el boato de día tan señalado para la gente de las cofradías! aunque creo que los tronos cuando termina la procesión no los “meten”, los “encierran”… no entiendo nada de procesiones eh, pero tienen su lenguaje tan peculiar, que creo que llevaría más de un curso escolar aprenderse toda la parafernalia.
Y dí que sí, que cómodas como las medias de cintura, también llamadas “pantys” no hay ningunas, y que a ver si éstos se enteran que ya hace años que los hay muy sexies!, y sino, como tú dices, que busquen estímulos nuevos, que lo de las medias con ligas y tacones ya está acaparado para el cine porno y ya sólo debería ponerles a los que se lo hacen con el plasma mirando coñitos calvos.
Ya encerré al Cristo, Zeltia. Gracias por la puntulización, y no disimules, que seguro que te va el rollo peineta…
En honor a Pru diré que la inspiración de este cuento me vino de un divertido post de sexculptures:
http://sexculptures.blogspot.com/search/label/CELEBRACIONES
Un maravilloso homenaje a la Semana Santa. Muy buena idea lo de mezclar lo sacro con lo lascivo. El sexo, sin la connotación de pecado que antes llevaba implícita, ya no es lo que era. Me ha encantado tu relato
[...] la fantástica interpretación que nos ofrece Lipa Benet del relato “Carmen, la de la peineta“, un cuento acerca de una mujer exhibicionista procesional y de su esposo, un fetichista del [...]

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Mezclar cirios, capirotes y saetas con sexo es el mayor acierto erótico desde lo de Clinton y Mónica!!!