Archivo de marzo, 2009
Mis queridos pajeros
Pese a que pocas imágenes me resultan más apetecibles que un hombre en soledad con su falo erecto entre las manos, el miembro duro, apretado entre los poderosos dedos, pese a que me encanta imaginar a los varones en tales menesteres, soy contraria al abuso de la masturbación masculina básicamente porque me entristece el derroche de semen en soledad.
Además, el exceso puede resultar fatal, según advierten las sabidurías ancestrales tántricas indias y taoistas chinas.
Copio un párrafo de “El Tao de la Salud, el Sexo y la Larga Vida”, de Daniel Reid, editado por Urano.
El cuerpo debe invertir una gran cantidad de esencia y energía para reponer totalmente las reservas de semen y restablecer el correcto equilibrio hormonal tras una eyaculación, Cuando la frecuencia eyaculatoria excede a la capacidad del cuerpo para reponer plenamente el semen, el hombre experimenta cansancio crónico, disminución de la resistencia natural, irritabilidad y otros síntomas de deficiencia de esencia y energía. Además, pierde el interés sexual por su pareja, que muy bien puede sentirse con ganas de más acción. Es cierto que los adolescentes y jóvenes de veintipocos años son capaces de reponer el semen más de prisa de lo que pueden gastarlo, pero la idea de que esta capacidad se mantiene indefinidamente a lo largo de la vida adulta es completamente errónea. Son las mujeres, no los hombres, las que poseen una potencia sexual “inagotable”. Las mujeres no pierden al eyacular, el orgasmo no les quita el impulso sexual ni el interés después del “Primer acto”. El celibato, por otra parte, tampoco es una buena solución, ya que priva a los hombres de los beneficios terapéuticos de la estimulación sexual. La respuesta está en el control de la eyaculación. Las relaciones sexuales frecuentes con pocas eyaculaciones mantienen el interés del hombre por el acto y también su capacidad para continuar indefinidamente, hasta que su compañera esté plenamente satisfecha.
El primero que olió mi sexo

Arturo fue el primero que mojó sus dedos en mi poza.
Mi excitación era tan grande después de horas de besos y caricias en la esquina escondida de la playa que propicié la digitopuntura en mis carnes íntimas de terciopelo … Se nos hizo tan tarde, tan entretenidos estábamos, que salimos disparados para tomar un taxi.
Arturo, virgen a esos olores, se impresionó tanto que no había más que ver su cara en el taxi, llevándose los dedos a la nariz y aspirando como un papanatas. Los mantuvo ahí todo el camino. Levantaba y bajaba las cejas, exagerando su deleite, mirándome como si aquello fuese el objetivo olfativo de su vida.
- Cómo huele!
Más tarde, cuando me hubo despedido, Arturo, tan chavalín era y tan impresionado se encontraba, habló de ello con todos sus amigos, lo que desató primero mi ira, y después un tremendo ataque de vergüenza. Pasaron días sin querer verles, pero finalmente cedí y me presenté allí como si nada.
Los chicos me miraban de forma diferente ahora. Resultaba abrumador acercarse a una panda de muchachos sabiendo que todos están pensando que tu novio te mete los dedos. Y que tu coño huele a un fantástico elixir desconocido. Saber que todos sabían que el olor de mi sexo paralizó, noqueó a mi chico al descubrirlo, me embriagaba de pudor.
Hoy quizás me hubiese aprovechado de la situación, pero en aquel momento cerraba a cal y canto mis piernas, no se fuese a escapar un poco de ese perfume que todos aspiraban exhalar.


RSS



