Archivo de 5 enero, 2009
Más sobre erección nocturna
Si me despierto desvelada a altas horas de la noche, me acurruco en él con la seguridad de que su calor me reconfortará. Siempre me pone contenta despertarme y que esté aquí.
Si en el paseo adormilado de mis manos sobre su cuerpo cálido me topo con una erección, sin querer, mi desvelo es mayor. Es sobrecogedor encontrarme con el miembro vivo, erguido en su cuerpo transpuesto, la respiración profunda, los músculos entregados al descanso. Como un regalo, esa inesperada tensión. Es una deliciosa contradicción que me intriga y reconforta… ¿qué sueños, qué fantasías llevarán a mi hombre a estas pulsaciones nocturnas?
Él ronca habitualmente, pero ahora deja de hacerlo justo en el instante que poso mi mano en su pene firme. Está de costado, dándome la espalda, de modo que accedo a su miembro desde atrás, pegando mi cuerpo desnudo al suyo, como si de papel de pared se tratase.
Se juntan nuestras pieles, mi pecho aplastado a su espalda, mi vientre buscando el calor de su grupa. Coloco una pierna por entre las suyas, entrelazándolas, anudándolas. Él se deja hacer. Lo acaricio suave, pues no deseo despertarle.
No puedo dejar de acariciarlo. Ese miembro orgulloso, terso y caliente está tan hinchado, tan a rebosar, que pasando las yemas de los dedos con mimo, se nota cada vena, inflamadas todas tras una piel traslúcida de fina y suave. Sigilosamente, acaricio su base, gruesa y robusta, como un tronco añoso, un roble bien enraizado que se levanta altivo, poderoso en su aparente inactividad. Algo debe sentir el amo de semejante porra, pues se gira recostándose de espaldas, accediendo sin rechistar a mis caricias, y luciendo, orgulloso en su dormir, esa enorme asta.

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