Archivo de enero, 2009
me miran y me excito
Despierta mi libido imaginar que hombres ven cómo hago el amor. Con frecuencia fantaseo sobre ello. Los coloco sentados o de pie alrededor de la cama, silenciosos, sigilosos. Un buen pelotón de tíos mirones.
Están desnudos o vestidos pero en tal caso, con la verga sacada fuera del pantalón. Se la frotan arriba abajo, enfocada hacia mí.
Evito mirarles de frente pero sé que están ahí, viendo todo lo que hago, excitándose con mi cuerpo.
Cuando vuela más mi fantasía, los señores susurran cosas muy obscenas que no me atrevo a repetir.
Pero procuro darles gusto en sus peticiones.
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Puedes escuchar este relato interpretado por Lipa Benet
sexo oral en la Luna
El hombre tiene el sexo presente incluso en aquellos momentos más insospechados, si no recuerden a Amstrong, el primer humano que pisó la Luna.
Cuando daba sus primeros pasitos saltarines por nuestro satélite, después de su memorable: “Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad” el introvertido y estudioso astronauta pronunció otra misteriosa frase que guardaba toda una obsesión:
- “Buena suerte Mr. Gorsky”, dijo.
Esas palabras fueron causa de innumerables elucubraciones y muchas fueron las veces que le preguntaron a Amstrong por su significado, pero él nunca quiso desvelarlo, hasta veintiséis años más tarde que confesó pues el señor Gorsky ya muriera y se sentía libre para hablar.
Cuando era un chaval y estaba jugando a la pelota en la calle, ésta saltó al jardín de los vecinos: los señores Gorsky. Al agacharse a recogerla escuchó que la mujer decía al esposo:
- ¿Sexo oral?, ¿Quieres sexo oral? ¡Tendrás sexo oral cuando el hijo de los vecinos camine en la Luna!”.
Se ve que al adolescente Amstrong le dio tanta pena su vecino que se esforzó lo indecible para que la señora Gorsky cumpliera el capricho de su esposo y lamiera por fin.
Cuentos Eróticos del Antiguo Testamento. Deana Barroqueiro
En “Cuentos eróticos del Antiguo Testamento” (colección “Eros y Psique”, Plurisingular Ediciones, S.L.) Barroqueiro reescribe cuentos basados en relatos de alto componente erótico de la Biblia, historias apenas conocidas por muchos de nosotros, y que sin embargo están en la imaginería colectiva.
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negro, negrazo
Lo primero que le vi fue la nuca. Una robusta nuca pelada, negra como el azabache, en línea recta con la cabeza y ensanchándose hacia los hombros. Leer más »
- ¡Qué hombros!, pensé.
Jamás los había visto tan fornidos en mi vida. Podría ser un jugador de la NBA, su altura era providencial, todo su tronco sobresalía entre la gente. Atraída como por un imán, me senté cerca de él en la barra. Tenía una jarra de cerveza rubia en la mano.
- ¡Qué manos!, pensé.
Entrevista a Erika Lust
He hecho la primera entrevista de mi vida y ni más ni menos que a Erika Lust, la empresaria y directora de cine porno “para mujeres”.
A ver qué os parece. Mi sensación final es agridulce, porque aunque me cuenta cosas interesantes, realmente me quedé con ganas de curiosear más sobre sus intimidades, que es lo que más me interesa de cualquiera, sea hombre o mujer.
¿Se siente bien follada una chica que se pasa horas viendo hacerlo a profesionales?, ¿se arrebola su vulva cuando está, cámara en mano, viendo cómo otros se corren? (Erika asegura que los orgasmos en sus pelis son verdaderos) o ¿ alguna vez apagó los focos y se unió a la fiesta pasando de protocolos? son preguntas que no hice a Erika basicamente porque temía que en ese tono no me contestase, pues ella es toda una profesional.
Pero me contó otras cosas, mirad: ENTREVISTA ERIKA LUST
O señor cura
O señor cura non baila
porque ten unha coroa.
Baile señor cura baile!
que Dios todo llo perdoa.
Este cura galego non debía de ser porque os de aquí non tiñan por costume pórlle reparos ao baile, eles xa sabían que Dios perdoa… e logo non había de perdoar?
Vexan e comparen…
¡¡Me han copiado!!
Estoy encantada de la vida porque me han plagiado. Han copiado todos mis textos en gallego, todos: los que tengo aquí publicados y los de Certo. ¡Ala! Como a los grandes.
Los colgaron aqui tan ricamente. En algunos de los relatos cambiaron las fotos, otros tal cual, texto y foto…. También tradujeron un puñado de castellano a gallego: les debe chiflar lo que hago.
Si me copiaron de forma tan sistemática es poque les encantan mis textos, a los briboncillos.
Les he escrito, les he pedido que pongan mi referencia.
¿Habrá sido hombre o mujer el plagiador? ¿Se le habrá puesto tiesa al hacer la labor de cortar y pegar? ¿Se habrá hecho un dedito después de la ardua tarea de traducir, como hago yo al terminar un texto que me ha estimulado? ¿Será tan placentero copiar lubricidades como lo es escribirlas?
el placer de las mujeres
Nunca he sido de las que he gritado públicamente mi feminismo a mano alzada, blandiendo el ángulo vaginal con los dedos pulgar e índice. No he formado club de mujeres más que con mis amigas libertinas, y allí no nos dedicamos a reivindicar.
Pero soy de las que siente orgullo de género e íntimamente creo en nuestra superioridad, principalmente en lo que a disfrute se refiere.
Por eso uno de mis mejores placeres voyeuristas es verlas gozar a ellas, gozar de verdad. Me excitan más los hombres, ya lo he dicho, pero a la hora de presenciar un orgasmo, me quedo con el de ella, con éste, con el siguiente, y el otro…
¿No es fantástica la capacidad multiorgásmica?
El estado de la vulva en excitación
Me gustaría describirle a los hombres qué experimenta una mujer en sus partes íntimas cuando se excita, las sensaciones de nuestro cuerpo, o al menos del mío.
Ante un determinado estímulo erótico concreto, por ejemplo una pareja que se besuquea impudorosamente delante de tus narices en el autobús, lo primero es un rubor allí abajo, una ligerísima subida de temperatura.
La boca se saliva y la garganta se contrae, de modo que tragar se hace algo más costoso. Entonces los labios vaginales cosquillean sutilmente y sientes un leve rocío, como si sudaras por ahí abajo.
Esto sucede a lo largo de unos minutos, no es instantáneo. Dan ganas de frotarse allí, de apretar las piernas o de menearse. Si estás a solas todo se acelera porque puedes bajarte la ropa y acariciarte, pero si seguimos en el autobús, hay que mantener las formas y no es demasiado difícil.
Es momento de relajar la mente y dejar al cuerpo fluir, abandonarse y volverse más irresponsable, más facilona y frívola. Los ojos se entornan, los pezones se endurecen. Si alguien nos preguntase la hora, nuestra voz saldría más aguda que habitualmente, más melosa.
Sientes ya los labios pulposos y jugo entre ellos. Si el proceso se prolonga deleitándose en las sensaciones y la parejita impúdica de este cuento sigue dando espectáculo -el trayecto ha de ser largo- comienzan a caer gotitas espesas y dulzonas que empapan las bragas, pero difícilmente traspasan el pantalón. Es chulísimo notar ese líquido caliente resbalar despacito por la abertura inferior y perderse entre la carne.
Este sería el momento perfecto para ofrecer la fruta a un buen cipote armado, pero si no lo hay, no pasa nada: me conformo con mirar.
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Escucha este relato interpretado por la femenina voz de Lipa Benet.
Más sobre erección nocturna
Si me despierto desvelada a altas horas de la noche, me acurruco en él con la seguridad de que su calor me reconfortará. Siempre me pone contenta despertarme y que esté aquí.
Si en el paseo adormilado de mis manos sobre su cuerpo cálido me topo con una erección, sin querer, mi desvelo es mayor. Es sobrecogedor encontrarme con el miembro vivo, erguido en su cuerpo transpuesto, la respiración profunda, los músculos entregados al descanso. Como un regalo, esa inesperada tensión. Es una deliciosa contradicción que me intriga y reconforta… ¿qué sueños, qué fantasías llevarán a mi hombre a estas pulsaciones nocturnas?
Él ronca habitualmente, pero ahora deja de hacerlo justo en el instante que poso mi mano en su pene firme. Está de costado, dándome la espalda, de modo que accedo a su miembro desde atrás, pegando mi cuerpo desnudo al suyo, como si de papel de pared se tratase.
Se juntan nuestras pieles, mi pecho aplastado a su espalda, mi vientre buscando el calor de su grupa. Coloco una pierna por entre las suyas, entrelazándolas, anudándolas. Él se deja hacer. Lo acaricio suave, pues no deseo despertarle.
No puedo dejar de acariciarlo. Ese miembro orgulloso, terso y caliente está tan hinchado, tan a rebosar, que pasando las yemas de los dedos con mimo, se nota cada vena, inflamadas todas tras una piel traslúcida de fina y suave. Sigilosamente, acaricio su base, gruesa y robusta, como un tronco añoso, un roble bien enraizado que se levanta altivo, poderoso en su aparente inactividad. Algo debe sentir el amo de semejante porra, pues se gira recostándose de espaldas, accediendo sin rechistar a mis caricias, y luciendo, orgulloso en su dormir, esa enorme asta.







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