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Elogio de la madrastra. Mario Vargas Llosa

Publicado por SusanaMoo
16 Noviembre, 2008

“Elogio de la madrastra” es una delicia de alta calidad literaria y exquisita elegancia erótica.

Narra la convivencia de don Rigoberto, un esposo fantasioso, maduro, perfeccionista en sus placeres privados con su mujer Lucrecia, una diosa de sensualidad y Fonchito, el hijo de don Rigoberto e hijastro de Lucrecia, un querubín inquietante que remueve aspectos turbadores de la sexualidad. En el libro conviven dos vertientes: la convivencia de los protagonistas y las fantasías de don Rigoberto, muchas de ellas inspiradas en una pintura que aparece antes de cada relato.

Personalmente me maravilló la figura de don Rigoberto, un puntilloso fantaseador de escritorio, trabajador incansable del deseo por su esposa, que prepara los encuentros íntimos con ella con la pasión controlada y organizada de un hombre íntimamente morboso.

Elogio de la madrastra tiene una segunda parte en “Los cuadernos de don Rigoberto”, libro del que ya he hablado Aqui.

El texto que escojo está sacado de una de las fantasías de don Rigoberto, donde imagina a su esposa como reina de Lidia. Incluyo la pintura que adorna este relato en el libro de Tusquets y supongo fue escogida por el autor.

Soy Candaules, rey de Lidia, pequeño país situado entre Jordania y Caria, en el corazón de aquel territorio que siglos más tarde llamarán Turquía. Lo que más me enorgullece de mi reino no son sus montañas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta se enfrentan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotándolos, y a las bandas de fenicios, lacedemonios y a los nómadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer.

Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensación que me embarga es ésa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad. Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen las leyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantsía de mis súbditos. (A mis oidos llegan todas, pero a mí no me enojan, me halagan).

Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su más hechicero volumen. Cada hemisferio es un pariso carnal; ambos, separados por una delicada hendidura de vello casi imperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades embriagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar que en altar de esa religión bárbara de los babilonios que la nuestra borró. Es dura al tacto y dulce a los labios; basta al abrazo y cálida en las noches frías, una almohada tierna para reposar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora del asalto amoroso. Penetrarla no es fácil; doloroso más bien, al principio, y hasta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perserverante que no se arredan ante nada ni nadie, como las mías.

Cuando le dije a Giges, hijo de Dáscilo, mi guardia y ministro, que yo estaba más orgulloso de las proezas cumplidas por mi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velámenes de nuestro tálamo que de mis hazañas en el campo de batalla o de la equidad con el imparo de la justicia, él festejó con carcajadas lo que creía broma. Pero no lo era: lo estoy. Dudo que muchos habitantes de LIdia puedan emularme. Una noche-estaba ebrio- sólo por averiguarlo llamé al aposento a Atlas, el mejor armado de los esclavos etíopes. Hice que Lucrecia se inclinase ante él y le ordené que la montara. No lo consiguió, por lo intimidado que estaba en mi delante o porque era un desafío excesivo para sus fuerzas. Varias veces lo vi adelantarse resuelto, empujar, jadear y retirarse, vencido. (Como el episodio mortificaba la memoria de Lucrecia, a Atlas lo mandé luego decapitar.)

Jacob Jordaens. Caudales, rey de Lidia, muestra su mujer al primer ministro Giges, 1648.

Jacob Jordaens. Caudales, rey de Lidia, muestra su mujer al primer ministro Giges, 1648.

Tags: literatura erotica
mis lecturas eróticas

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Comentarios
Pingback por Los cuadernos de don Rigoberto. Vargas Llosa el Noviembre 16, 2008 @ 8:55 pm

[...] literaria es “Los cuadernos de don Rigoberto” de Mario Vargas Llosa, segunda parte de “Elogio de la madrastra”, sin desmerecer el primero al [...]

Comentario por THC el Noviembre 17, 2008 @ 3:49 pm

¡Qué maravilla de relato! Qué bien escribe este Vargas Llosa. ¿Es un escritor nuevo? :-)
intentaré leerme los dos libros
Ahora que al etíope le salió caro el gatillazo…
saludos y besitos.

Comentario por admin el Noviembre 17, 2008 @ 9:09 pm

Sí, es buenísimo Vargas Llosa. Es un escritor peruano, muy famoso y muy prolífico, aunque eróticos, que yo sepa, solo tiene esos dos.
Besos

Comentario por THC el Noviembre 18, 2008 @ 3:57 pm

Se me ha venido a la cabeza que siendo yo un chaval, de esto hace la reostia de años, haber leido Pantaleón y las visitadoras y ser la primera novela que me la puso dura. Recuerdo que nos la recomendábajmos entre los amigos porque nos poníamos de aquella manera. Ahí comprendí que se podía escribir y excitar, que yo recuerde. Así es que un hurra por don Mario, aunque cuando se metió a político decía unas cosillas…
besitos. muchos besitos. ¿dónde los quiéres?

Comentario por allison el Febrero 28, 2009 @ 10:51 pm

fascinante obra exquisito sabor literario y exotico

Comentario por Zeltia el Diciembre 7, 2009 @ 11:46 pm

vine a ver que habías puesto del elogio de la madrasta.
muy bueno
(aunque no me gustaría ser lucrecia. a mí eso de que me mande un tío que me puede cortar la cabezaaaaa jajaja
y además qué fijación con lo de “besar con la frente el suelo”) ;-)

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