Memorias de voyeur III
(…continuación de voyeur II)
Tanto su mujer como yo coincidíamos en que el empalme que teníamos frente a las narices resultaba una erección muy agradable, muy invitadora, toda llena de sangre, a rebosar, una hartura. Una buena caña de pesca con un cebo apetecible para nuestras almejitas.
El sofá es bueno, amplio, con pinta de caro. Un sofá cojonudo. No habían escatimado, ese sofá frente al televisor debía ser la estrella de salón. Tiene toda la pinta de haber sido regalo de boda de los suegros. De color granate, lo cubrían con unas mantitas muy apañadas de cuadros. Debían ser cuidadosos porque cada uno estaba perfectamente situado encima de su mantita.
Ella sonríe, quizás ven una comedia. Se le queda la sonrisa congelada y la cara iluminada por los destellos azulados. Las piernas son blancas lechosas, de piel transparente. El marido y yo podemos verle las piernas hasta por encima de las redondas rodillas. La chica no es muy bonita, pero ¡quién lo diría!, dispone de unas piernas preciosas y no digamos sus pies. Parecen los pies de la mismísima maja, acolchados, tirando a pequeños, con los dedos bien alineados. Juraría que lleva una pedicura impecable. Sus pies adquieren una especial belleza ahora, colocados el uno pegadito al otro, tan cerca del miembro vivo de su compañero.
¿cómo es posible que él los ignore? ¿cómo es posible que no intente un acercamiento, inspeccionar, piernas arriba, en qué estado se halla el conejito de su dama? ¿cómo es posible que no tantee, al menos, la posibilidad de colocar su picha entre los pies de su esposa, esos pies de piel suave y cálida? ¿cómo es posible que ella no muestre interés por el enano saltarín, lo único que parece vivo en aquel cuarto, si exceptuamos, claro está, el televisor?
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Eso digo yo. ¿Como es posible?
Se me escapa, no lo entiendo.
Un besazo
Yedra