Cada día me siento más profundamente libertina…
…y me repatea eso de que la pareja -casada o de hecho, homo o hetero- sea la única opción sexual admitida social, estatal y sentimentalmente en un sistema que genera grandes dosis de infelicidad sensual y frustración emocional.
A poco que una haya vivido sabe que no es una sola persona la que nos induce el deseo. Esto se lo saben de rechupete los resignados maridos tradicionales, que se consuelan acudiendo a los burdeles para paliar el monótono sopor de sus camas legítimas. Esto se lo esconden a sí mismas las abnegadas esposas, enganchadas a los opiáceos telenovelescos, al azúcar, al anís o al tranquimacín, amargadas en el sofá sin saber muy bien por qué. Esto lo deberían saber los matrimonios que, después de veraces promesas de eternidad, sinceros compromisos jurados y hermosos proyectos compartidos, terminan como el Cristo de la Aurora por burdos asuntos de cuernos traperos, deshorados y cutres.
¡Por todos los Santos! Que el amor es libre, que no se le puede esposar, que los deseos no pueden considerarse propiedad privada, que es imposible guardarlos bajo llave en casita sin sufrir graves consecuencias, que por mucho que dos en una parejita se adoren entre sí, la claustrofobia asesina el deseo y con frecuencia también el amor.
Tremenda chorrada el que no seamos capaces de amar a 2, 3 o 5 personas a la vez; ¿algún placer humano se presenta tan exclusivo?, ¿una pieza musical que nos chifla anula el gusto por escuchar otras?, ¿un manjar delicioso eclipsa al resto de los sabrosos menús?, ¿solo tenemos facultad para querer a uno de nuestros hijos?, ¿a uno de nuestros padres? ¡Venga ya! No seamos cínicos, sacudámonos el polvo rancio del mojigato medievo: hagamos la revolución.
La revolución, eso es. Porque, aunque parezca mentira a día de hoy lo más subversivo que podemos hacer es permitirnos sentir deseos a libre demanda, y coordinar esos deseos con nuestros sentimientos. Y que la materialización de esos deseos esté libre de trapicheos.
Por hacer queda toda una reeducación sentimental para interiorizar de una vez por todas que el placer es maravilloso incluso cuando quien goza es la persona amada… con alguien que desconoces. Por hacer queda el ejercicio de aceptar que cada cual escoja su panorama sexo-sentimental fiel a su verdad íntima. Rompamos cadenas limitadoras, amemos con toda el alma, con toda la inteligencia, con toda la valentía. Con estómago, ojos, boca, genitales y corazón.
… … …
Reflexión a raíz del libro: La Represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente, de Casilda Rodrigañez y Ana Cachafeiro. Nossa y Jara Editores.
Sorprendente sexo romano
Es divertidísimo darnos cuenta de hasta qué punto nuestra conducta sexual es cuestión de modas. Cuando evocamos la Antigua Roma, flipamos con su aparente libertinaje, que no era tal, puesto que tenían un escrupuloso rigor moral entorno al sexo, lo que sucede es que prohibían cosas que nosotros asumimos normalmente y permitían otras que consideramos aberraciones.
Desde luego el modo en que se relacionaban con su cuerpo, concretamente con el aparato genitourológico era diferente. Lo evidencia la existencia de foricas, espacios donde los romanos se sentaban juntos a charlar tranquilamente mientras excretaban en comunión, desconozco si se separaban por sexos. Donde sí se mezclaban era en las termas, allí gentes de todas las edades se remojaban exhibiendo su desnudez, que no era obscena en Roma. Si el deseo se levantaba, pues mire usted qué rico; el deseo era considerado un don positivo, una pulsión propia de diosas y de dioses, puesto que algunas deidades romanas eran fornicadoras hábiles y empecinadas. Así también los emperadores, -considerados hijos de Venus y de Marte- procuraban desarrollar una sexualidad rica y variada, lo cual era asumido como una función inherente a su rango.
La moral sexual no estaba normativizada, es decir, no era igual para todo el mundo. Las mujeres, por ejemplo, debían ceñirse a una de dos grandes categorías: la de las que eran madres o iban a ser madres, y la de las que no. Las que no ¡adelante! libertad total. Pero como los romanos ya sabían muy bien que su linaje espermático dependía de la fidelidad de sus mujeres, controlaban a las matronas de lo lindo. Ilustrativo es que la joven violada no sufría deshonra, en cambio la matrona violada merecía ni más ni menos que la muerte.
La fidelidad no era un sentimiento conyugal, sino un seguro de estirpe, de hecho, el amor romántico en el matrimonio era una extravagancia mal vista. Ovidio, sin ir más lejos, fue exiliado por hacer propaganda en sus libros de ideas que aunaban romanticismo y matrimonio, matronas y amor erótico. Opino que si los romanos tuviesen un buen surtido de anticonceptivos y supiesen hacer la prueba de paternidad genética, verían con ojos amables que su mujer se divirtiese con los esclavos o con los amigos.
La palabra virtud (virtus) significaba potencia eréctil. A mejores erecciones, más virtuoso era un hombre; y aquí sí encontramos un claro parecido de los romanos con los modernos: le tenían un horror supersticioso a la impotencia, a perder esos virtuosos empalmes.
Violar a las mujeres o a los hombres – la diferenciación entre sexualidad homosexual/heterosexual no apareció hasta mucho más tarde- de rango inferior era la norma y no estaba penado con la ley. Pero ojo, que a ningún patricio le diese por dejarse penetrar. La sodomía y la irrumación -sodomizar la boca- eran virtuosas para el que daba, no para el que recibía salvo que fuese un exclavo, que ya carecía de dignidad persé, o que todavía no le hubiese crecido la barba.
Y ahí, en la pederastia asumida y aceptada, está la gran diferencia de nuestra cultura sexual con la de los romanos. Cualquier hombre de bien apadrinaba a un joven prepúber y esta tutela incluía adiestramiento sexual, con sodomía e irrumación incluidas. Desgraciadamente no tengo ni idea de si entre mujeres también existían relaciones similares, sospecho que sí, pero es pura especulación.
Para nosotros hoy la pederastia es la aberración de las aberraciones y sin embargo en Roma era, como digo, aceptada socialmente y asumida individualmente y era ahí -no en el matrimonio- donde desarrollaban la dulzura erótica sentimental. Esto nos lleva a plantearnos que el daño moral depende más de la intencionalidad -de la buena o mala fe con que se realiza un acto-, que del acto en sí. Y también de la norma social, que es la que imprime culpa, vergüenza o temor al pecado.
Hoy sigue practicándose la pederastia solapadamente, al parecer es tradicional en algunas cofradías de sacerdotes católicos, apostólicos y romanos, tan amantes de la lengua del Imperio, el latín, que todavía conservan para sus actos más solemnes, al igual que un cierto gusto estético por atuendos similares a los de los padres del senado romano. Quizá estos curas pederastas, lectores de los clásicos, utilicen como disculpa aquel buen rollito de antaño.
Si de verdad creyesen que ese camino es el idóneo para enseñar a los chavales una bonita relación con su cuerpo y con el sexo; si luchasen por dignificar este tipo de relaciones y las defendiesen con valentía en las homilías, podríamos respetar sus acciones. Pero no es el caso. Y por eso no es comparable el padrinazgo romano con los abusos de hoy. Porque lo que trasmiten los pederastas actuales es sexo ilegal, culpa, vergüenza y rechazo por el cuerpo y sus deseos. Y con ese asco cargarán las víctimas toda la vida como una putrefacta losa de la cual les será difícil librarse.
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Reflexión realizada tras leer el libro El Sexo y El Espanto. De Pascal Quignard
Violación.
Las últimas palabras de la papona Lucrecia (Roma 534, 510 a.c.) fueron: ¡Ninguna mujer quedará autorizada con mi ejemplo a sobrevivir a su deshonor! Después, se clavó una espada en las costillas.
Y es que había sido violada y se suicidó y lo hizo arrogantemente, dándoselas de virtuoso ejemplo a seguir y evidenciando con su acto que la mujer violada no tiene salvación posible, que queda maldita por siempre jamás.
Y es que lo de la violación es la monda ¿habrase visto un crimen en el que la víctima, además de sufrir el agravio propiamente dicho, se muere de vergüenza? Como si le quedase una asquerosa mancha indeleble. Impura de por vida.
La mujer violada siente culpa y se castiga, consciente o inconscientemente, por no haber tenido suficiente arrojo para defenderse, por haberse expuesto irresponsablemente al peligro, por llevar puesta tal cosa, por haber sonreído en mala hora. Por ser voluptuosa. Por inflamar el deseo ajeno.
Este desajuste moral que convierte a la mujer violada en víctima culpable es tan viejo como Matusalén y está arraigadísimo en la mayoría de las sociedades. Por supuesto también en la psique individual de cada uno de nosotros, víctimas incluidas. En algunos lugares la locura está tan presente que son los propios hermanos los que se encargan de asesinarla ¡a ella! porque su mancha es tan enorme que contagia a todos los miembros de la familia.
Pero no nos vayamos a integrismos, aquí también se vive la violación de modo vergonzante, se mira a las víctimas de reojo, se habla de su caso en susurros, incluso hay dedos que se atreven a señalarla si es que ella exhibía una sexualidad-campanilla o era una mujer de “vida alegre”. Al tiempo, se tiende a exculpar al agresor, como si fuera un damnificado incauto del publicitado irrefrenable deseo sexual del machote.
Toda esta confusión hace complicado el trabajo de recuperación del trauma. De ellas se espera, si no ya la muerte, que se depriman como mínimo, que se hundan, que engorden 20 kg. Y, sobre todo, que se alejen para siempre de la libertad, del coqueteo, de la frívola y divertida seducción que tanto alegra la sexualidad femenina.
Y no, ni hablar. La violación es un horror, de acuerdo, el infierno de la sumisión al odio deshumanizado del otro. Sufrir en carnes propias esa estocada violenta hiere hondo. Pero las heridas, bien lamidas, se curan y una mujer violada se repone y puede volver a sentirse plena, a reír en la sonrisa de un hombre, a disfrutar con los gorgoritos del abrazo lujurioso, a tener potentes orgasmos vaginales, clitorianos, o a fingirlos, si así lo prefiere, con exóticos alaridos en falsete. A gozar, en fin, del amor y del sexo con toda la pureza que da la libre entrega del cuerpo al placer.
……………
He escrito esta reflexión después de leer el libro Teoría King Kong de Virgine Despentes. Ed Melusina.
Cambia de tetas, pero antes despídete de las antiguas.
Amar viene de mamar, que comparte la raíz con amma -madre-y mama -seno-, lo cual es un emocionante indicativo del ancestral reflujo de ternura que habita en nuestros pechos femeninos.
Pero Cristina, con sus mechas californianas, ni sabe ni le importa la evolución lingüística y está decidida a introducir prótesis en sus glándulas mamarias -amarias- sin cuestionarse la singularidad de pertenecer a una cultura que se ha enviciado en el corta y pega de estas delicadas formas femeninas, manás del alimento primigenio; antaño símbolos de bonanza, representados con hartura en las misteriosas figuritas de voluptuosas mamás paleolíticas.

Caben en la palma de la mano. Llegan a nosotros desde el paleolítico -hace unos 200.000 años-, y las encuentran a puñados en los yacimientos de toda Europa. Las llaman Venus prehistóricas, pero dicrepo con ese término. Las llamaré Mamás. Esta es Mamá Vestonicka
A la víspera de la intervención, mientras sus legítimas descansan en su pecho ajenas a la escabechina que les espera, mastica chicle y ve la tele sin plantearse por qué esos mullidos apéndices que, con geometría similar, resultaron óptimos para su madre, para sus 2 abuelas, sus 4 bisabuelas, sus 8 tatarabuelas, sus 16 tatatatarabuelas …, a ella no le valen.
Desde luego Cristina -tan mona, tan eficaz, tan urbanita- es el prototipo de lo que entendemos por mujer triunfadora en el patriarcado capitalista -aunque las feministas se empeñen en clasificarla como miserable víctima del sistema y por ende verduga de sí misma-. Pero ella pasa de política y, como tiene pasta, mañana estrenará tetamen californiano.
Y nada que objetar, genial que sea moderna y que se aproveche de los avances medico-estéticos y se silicone al último grito, pero no estaría de más que, al menos esta última noche, tuviese la deferencia de despedirse de sus viejas compañeras. No le vaya a pasar, como con frecuencia sucede, que empiece a valorar lo que tiene justo cuando lo pierde.
Que les dedique un rato, que se relaje a lo Maja desnuda frente al espejo y que converse unos minutos, que les informe de los motivos por los que se va a desentender de ellas definitivamente. Que les explique, si es el caso, que se avergüenza de ellas por fofas, fláccidas o reducidas , que les plantee, si es que su perversión fuese la envidia, que desea con toda su alma tenerlas más gordas que Menchu.
O que confiese su coqueta vanidad, que narre la gran ilusión que alberga en su seno por pasearse por la playa en topless y conseguir que a todos los padres de familia tumbados en la toalla boca abajo se les salgan las órbitas de los ojos y los glandes de los capullos.
Que les diga, a sus pechos, que los prefiere pneumáticos y firmes porque le encanta cabalgar frenéticamente y odia provocar el efecto histérico en el balancear desbocado. Que les diga a la cara que son una chapuza de la naturaleza, que ella las quiere redondas e idénticas como solo la ciencia sabe confeccionar.
O que les explique que es por amor, por amor a su hombre, al que quiere proteger a toda costa del humillante espectáculo de la fuerza de la gravedad; o les diga que le mueve el miedo a que él no soporte el decaimiento venidero y huya de su lado. O que es a sí misma a quien quiere ahorrar ese sinsabor.
Que asuman que se va a librar de ellas porque no va a aceptarlas tal cual son. El camino que la llevaría a la feliz resignación complaciente es un coñazo de reflexiones, regresiones, y cometarros que a Cristina le da pereza encarar. Mejor tomar el atajo y cortar por lo sano.
El deseo arrasa. Caso Pablo Neruda.
Cuando Pablo Neruda y Matilde Urrutia se conocieron, él frisaba los 50, ella los 40. El poeta estaba casado con Delia, una pintora mucho mayor que él, con la que había empezado, dos décadas atrás, formando un triángulo amoroso con su primera mujer. Ahora dibujaba la misma geometría con Matilde.
Se enamoraron a lo bestia. Una pasión llena de risas, de romanticismo, de sufrimiento también, hasta que consiguieron pasar juntitos todos sus días con sus noches. De desconocidos pasaron ¡oh l’amour! a no poder vivir el uno sin la otra. Se hicieron inseparables, la naranja completa, un solo alma que, cada anochecer dejaba cualquier tarea para ir a besarse frente al mar.
Él le escribió su colección de bellísimos poemas Los Versos del Capitán, que publicó bajo seudónimo para no herir a Delia, de la cual terminó separándose para casarse con Matilde. Fueron felices, felices, felicísimos. Comieron perdices hasta el erupto, Matilde lo repite como un mantra en Mi vida con Neruda, memorias que escribió siendo ya una añorante viuda. Él también lo deja caer en su autobiografía Confieso Que He Vivido: -Aunque esto no interese a nadie- dice- somos felices…. de la tierra, con pies y manos y ojos y voz, trajo para mí todas las raíces, todas las flores, todos los frutos fragantes de la dicha…-. Mucho love por arriba y por abajo no todo fue tan relindo, ahora vengo a enterarme que tuvieron un lío de cuernos de los gordos.
Es comprensible que, en sus memorias, quisiesen omitir -por doloroso- el turbulento episodio que paso a relatar, pero me ha molestado tener que enterarme por terceras personas. Aquel que tiene la osadía de escribir su autobiografía, ha de echarle huevos y ser honesto con el lector del futuro, ha de ser, además, generoso e impúdico, para ofrecernos el mapa abierto de sí y ayudarnos a comprender el alma humana… Pero, en fin, vayamos al caso.
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Adaptándome a las circunstancias.
He decidido eliminar la opción de dejar comentarios aquí en Erotómana porque para mantener diálogos bulliciosos -como aquí acostumbrábamos- hace falta mucha disposición por mi parte para responder a vuestros comentarios como se merecen y en estos momentos no puedo dedicarle tanto tiempo.
Además, cada vez es más en las redes sociales -sobre todo Facebook- donde se establece el diálogo y hay que reconocerle la espontaneidad y fuidez. De modo que, porfa, introducidme en vuestros círculos.
¿probamos?
Hay varias posibilidades:
Haceos mis amig@s en Facebook (me seguís y también os sigo)
También podeis seguirme en twitter: seguir en twitter a Susana Moo
O en google +: seguir a Susana Moo en Google +
Y mi correo: erotomanita@gmail.com
… Y bueno, que seguimos in touch, cambiando nomás el contexto.
Besos y gracias, siempre mil gracias.
…
(para celebrarlo, lluvia de micros en mis redes)
¡Ven!
El Maestro y las Magas. Jodorowsky.
Jodorowsky, en sus consejos sobre crecimiento personal, nos avisa constantemente de que el ego desmesurado es insano y repugnante y, sin embargo, en su libro “ El Maestro y las magas” el suyo tiene un tufillo sospechoso, casi parece por momentos un fantasmón de los que se comen 1 y cuentan 20, al narrarnos unas experiencias sexuales estrambóticas dignas del mejor realismo mágico.
Una de ellas la comparte con Irma Serrano, la Tigresa, una tiorra mexicana muy provocativa -famosa por alentar que sus minifaldas permitan mostrar los pelos de su coño-. Con Jodorowsky, tienen un encuentro sexual surrealista, una especie de firma de contrato de colaboración que requiere la introducción del asustado pene jodoroskiano en la impávida vagina de la Tigresa. Y, sin mayor frotación, ya.
La otra es con Reina D`Assia, -la hija de Gurdief- una mujer que, entre otras virtudes, tenía la de poseer un yoni hipermusculado hasta el punto de poder hacerlo vibrar cual avispa, silbar cual jilguero, lanzar objetos contra la pared y otras tantas maravillas que, al parecer, realizan las que adiestran concienzudamente el suelo pélvico.
Pero Jodorowsky, que es listo además de sabio, nos ofrece estos morbosos caramelitos autobiográficos para irnos llevando al mundo de los koans, que son unos enigmas japoneses que a los occidentales nos suenan a chino, unas preguntas abstractas “¿qué sonido tiene el aplauso con una sola mano?” que requieren respuestas creativas. Jodorowsky asegura que al meditar sobre ellas, nos ayudamos a tomar las decisiones importantes de nuestra vida en las que se requiere tener el instinto despierto, la intuición en forma y la creatividad abrillantada, aspectos de nuestra psique que nada tienen que ver con la razón, sino con el poderoso, misterioso inconsciente, lastimosamente olvidado en nuestro aprendizaje regular.
Cuentos del vientre.
Casi todas las tradiciones orales tienen cuentos del vientre, o cantares del vientre, historias sexuales contadas desde la picardía con la finalidad de desconchar la risa.
Parece que contar/cantar chistes verdes viene de lejos, quizá del mismísimo neolítico matriarcal. Desde luego ya en la Grecia clásica eran aficionados a recitar obscenidades para relajar la intensidad emocional de algunos ritos religiosos -como los misterios eleusinos-. Con ellos festejaban además a la sanadora diosa de la risa sexual, Baubo.
Aquí en Galicia la riqueza de cantigas del vientre es brutal y se mantiene viva la tradición de reunirse familia y amigos para, entre lingotazos de licor café o queimada, entonar canciones, algunas de ellas bien subiditas de tono. Con orgullo las señalo como mi primera fuente de inspiración cuando, allá por el 2007, comenzó mi afición erótico-literaria.
Hoy, después de todo este proceso de aprendizaje, y sintiendo que ya puedo hablar con conocimiento de causa, vuelvo a ellas y me saco el sombrero ante todo este legado cultural que incide directamente en nuestro inconsciente colectivo y que es una poderosísima arma contra la tristeza, espada de fantasías en pro de la alegría cachonda.
Si conoceis cantares del vientre de diferentes culturas estaría agradecidísima de que me las hicieseis llegar, o que las contaseis aquí para tod@s.
La risa es la sexualidad más salvaje en la mujer.
Lo que más nos predispone a las mujeres al sexo es la alegría y la risa. La risa es la cara visible de la sexualidad femenina; es sensual porque despierta a la vez el cuerpo y las emociones, sexual porque provoca oleadas de placer, primitiva, elemental, apasionada y por consiguiente excitante. Desternillarse de la risa a mandíbula batiente, lagrimeando, mostrando desvergonzadamente la campanilla, agitando los pechos y las carnes todas, humedece y dilata nuestras vaginas y lo hace sin que nos demos cuenta, a nivel inconsciente, porque esa carcajada no pertenece al intelecto, sino al reino del cuerpo.
En esto hombres y mujeres somos diferentes porque a ellos la risa no les pone directamente el sexo turgente, aunque el buen humor y la relajación muscular ayuda con las ganas.
La risa sexual tiene algo que la distingue de cualquier otra porque penetra muy adentro de nuestra psique, hace vibrar todo lo que está suelto y consigue una deliciosa voluptuosidad, un placer bestial que podríamos sacralizar porque, de tan efectivo, es incluso curativo; es el ejercicio que mejor tapa las penas y destapa los naturales apetitos.
Esto explica porqué el simpático de la panda liga más que el guapo y explica porqué el porno no termina de hacernos tilín a la generalidad de las mujeres ¡es tan poco jocoso! Tampoco los folletines románticos -por mucho que el público femenino los consuma masivamente- consigue arrastrarnos al placer genital, si no a morbosas ensoñaciones más mentales que físicas. Y por eso las modelos de pasarela, con sus lindas caritas de soldados cabreados deben ser cualquier cosa menos modelos a seguir, al menos eróticamente hablando.
Conclusión: para follar rico hay que tener actitud risueña. El mejor polvo es el polvo guasón.
Y ahora pregunta: ¿en qué reducto cultural encontramos ese cachondeo divertido que lleva a la alegría y a la risa?
Para elaborar este post he copiado algunas frases íntegras del libro “Mujeres que corren con Lobos”de Clarissa Pinkola Estés. Ediciones B
Me estoy haciendo vieja, o mejor: revieja.
La potente editorial Randon House Mondadori (Grijalbo) -la del best seller Cincuenta Sombras de Grey- me escribió ofreciéndose a enviarme su novedad, “Diario de una sumisa”, a cambio de una reseña en Erotómana. Acepté sin muchas ganas, la verdad, porque mis inquietudes creativas deambulan ahora en otros terrenos ajenos al blog. Así que lo tomé con cierta pereza ¡un diario sexual femenino más!
La narración en primera persona en boca de mujer es un clásico en el erotismo literario, una fórmula que triunfó ya en el siglo XVIII con las memorias de la putilla Fanny Hill, que resultaron ser las calenturientas fantasías de un señor, como le pasó a aquellas otras falsas memorias de la libertina filósofa Theresa, y a tantas otras. Pero no sólo ha habido farsas, ahí están los veraces diarios de Anais Nin, tan profundos, llenos de intimidades y sentimientos, y las Memorias de la sofisticada Cantante Alemana o las de Erika Jong, que representa las vicisitudes de la mujer recién emancipada de los 70, o las de la fría Catherine Miller con sus orgías compulsivas, o las de la presunta ninfómana Valérie Tasso, o las de la valiente árabe Salwa Al Neimi, etc., etc.
Ahora, este nuevo volumen lo protagoniza una periodista británica de clase media escondida tras el pseudónimo de Sophie Morgan, una chica moderna con su móvil y su acceso a Internet pero que, una vez en materia, renueva lo de siempre en gustos bondage: tirones de pelos, moretones, pellizcos, vergonzosa exposición pública del doloroso placer y, por supuesto, las tan aclamadas azotainas que, francamente, una vez hemos leído el sublime Elogio de la azotaina de Sergine, ya queda poco que decir al respecto.
La prota se define como una feminista a la que le gusta someterse, sin llegar a los extremos de O, la de La historia de O, que marcó la pauta estética de los juguetones amos y esclavos del futuro, que beben a botijo lleno de la estética ideada por su autora, Pauline Réage, alias de Anne Desclos .
Sophie, en Diario de una Sumisa, coquetea con el sometimiento sexual y nos describe el inicio y el desarrollo de su excitación desde la primera cachetada a la penúltima paliza con cepillo de púas. Relata el proceso de forma amena y fácil lectura, todo con cardenales y señales hasta la mitad del libro y entonces, de repente, da un giro y se convierte en una historia romántica porque a Sophie le llega el amor; y ¡qué casualidad! conoce a James haciéndole una entrevista – igual que Ana y Grey en 50 Sombras, o a Camilo José Cela y Marina Castaño en la vida real-, un modo sin duda tope sexy de conocer a un tío ¡y qué tío! James es agente de bolsa, listo, fino, correcto, educado, inteligente, locuaz, divertido y con los abdominales cincelados a lo tableta de chocolate. Uno de esos que, de tan válidos, hacen a una sentirse morbosamente desvalida. Y Sophie lo flipa, y nos da la chapa contándonos esos primeros emocionantísimos encuentros, donde cada SMS es vital y cada mirada esconde una duda y cada sonrisa un deseo. Y bueno, luego él sabe castigarla de maravillas, y le pega muy bien, y se la folla genial.
En fin, un nuevo ejemplo de literatura erótica de importación anglosajona enfocada a saco hacia la clientela de sexo femenino. Sin embargo -según mi humilde criterio- no da en la diana de dónde tenemos las mujeres la fuente divina de nuestra sensualidad más rica, sino que copia el producto para consumo masculino pero cosquilleando empalagosamente en la neurosis femenina por excelencia: el romanticismo exacerbado y la dependencia emocional para con el amado, que es Amo y es Dios todopoderoso, capaz de otorgar o quitar la alegría vital. Como muestra un botón, atended a la última frase del libro: Ahora mismo, en este instante, con el culo dolorido y el sabor de su leche en mi garganta, él es el centro de mi universo. Y me encanta.
Suertuda la pandilla de escritoras gringas, que están sacando tajada de este revival del erotismo literario, un pastel del que yo no participo pese a mis voluntariosos esfuerzos en el sexo escrito, pese a haber tocado también la teclas al más puro estilo autobiográfico. Y que conste que me hubiese chiflado que hubieran venido a ofrecerme un súper contrato que me facilitase la labor de darle duro allí donde, según mi criterio, se encuentra el quiz del placer femenino. Claro que quizá a la postre esos clichés estereotipados resulten más excitantes y mis propuestas no sean más que las pajas mentales de una sabihonda. O de una revieja que ha leído demasiado.
…….
Ahora pregunta de examen, de las básicas, de las que si no la contestas no consigues el aprobado: ¿dónde está -según el criterio aquí expuesto- el timbre que dispara la sexualidad femenina potente y feliz? Venga, que esa lección ya la repasamos varias veces.










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